El puente sobre el abismo
Mateo observó las tablas de madera suspendidas sobre el abismo. A cien metros de profundidad, el río rugía entre las rocas, blanco y furioso. Su corazón golpeaba sus costillas como un ave atrapada en una jaula fina. A un lado del cañón, la seguridad de su vida solitaria lo invitaba a dar media vuelta: la cabaña de piedra, el silencio predecible, la existencia sin sobresaltos ni fisuras. Al otro lado del puente, rodeada por el verde denso del bosque, aguardaba Clara.
Clara sostenía un abrigo rojo entre sus manos y le sonreía. No ejercía presión alguna; solo mantenía la palma extendida sobre la barandilla, esperándolo.
El vértigo no nacía solo de la altura. Mateo temía la caída física, pero temía aún más la fragilidad de entrelazar sus días con los de alguien más. Abrir su corazón a Clara significaba desmontar la muralla de aislamiento que había erigido para protegerse de viejas heridas. Significaba aceptar el riesgo de lo desconocido.
—Un paso a la vez, Mateo —escuchó que ella le decía, su voz cruzando el susurro helado del viento.
Él bajó la mirada. El vacío parecía ejercer una atracción casi física sobre sus botas. Un sudor frío recorrió su nuca. Retroceder significaba volver a la seguridad de la sombra, donde nada dolía, pero donde tampoco nada florecía. Avanzar significaba entregarse al peligroso y hermoso arte de sentir.
Cerró los ojos. Inhaló el aroma a pino hondo y a tierra húmeda. En su mente brilló la risa de Clara durante sus caminatas por la montaña, el roce cálido de sus dedos sobre su mejilla y la marea dulce que inundaba su pecho cada vez que ella pronunciaba su nombre. El aislamiento lo protegía del sufrimiento, pero también lo vaciaba por completo.
Levantó el pie derecho. La suela de su bota presionó la primera madera. El puente crujió, balanceándose suavemente sobre la nada. Mateo ahogó un grito y apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Su mente le ordenaba huir, regresar al suelo firme de la orilla conocida. Sin embargo, fijó sus ojos en la mirada avellana de Clara.
Ella permaneció inmóvil. Su rostro transmitía una calma inquebrantable, una certeza luminosa que disipaba la neblina del cañón.
Avanzó un poco más. El viento sopló con mayor fuerza, haciendo oscilar las cuerdas de la estructura. Mateo sintió que el suelo se desvanecía bajo su peso, pero mantuvo la vista clavada en la chaqueta roja. Tres pasos más. Cuatro. El abismo continuaba allí abajo, profundo y amenazante, pero la distancia entre él y Clara comenzó a encogerse.
Con cada movimiento, la opresión en su pecho mutaba: la helada parálisis se transformaba en una corriente cálida que le devolvía el aliento. Ya no miraba la caída; miraba las pequeñas pecas en el rostro de ella, la curva blanda de sus labios, la promesa intacta de caminar acompañados.
Cuando solo los separaba un tramo corto, Mateo extendió la mano. Clara dio dos pasos hacia él y entrelazó sus dedos firmemente con los suyos. La calidez de ese contacto funcionó como un ancla poderosa. El balanceo del puente cesó en su mente; la altura perdió su poder de intimidación.
—Lo lograste —murmuró ella, apoyando suavemente su frente contra la de él.
Mateo inspiró despacio, dejando que el aire puro llenara sus pulmones. Miró hacia la orilla de donde venía: ese espacio solitario se sentía distante, ajeno, como una piel vieja de la que acaba de desprenderse. Luego volvió a enfocar la mirada en Clara y apretó su mano con renovada devoción.
—No voy a regresar —afirmó él.
Juntos completaron el trayecto hasta pisar la hierba firme del otro extremo, dejando atrás la sima y adentrándose en el abrigo verde del bosque.
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