El sastre de sombras
En la parte más antigua de la ciudad, donde los faroles aún parpadean con luz tenue, existía la sastrería de Mateo. Sin embargo, Mateo no cosía telas ni ajustaba abrigos; su oficio era mucho más delicado: remendaba sombras.
Con el paso de los años, el estrés, las rutinas grises y las decepciones, las sombras de las personas tendían a desgastarse. Se volvían pálidas, deshilachadas en los bordes o tan pesadas que arrastrarlas se convertía en una tortura invisible. Mateo, usando agujas de plata e hilos hechos de risas olvidadas y atardeceres de la infancia, devolvía a las sombras su firmeza original.
Una tarde llegó una joven llamada Elena. Su sombra era casi transparente, un reflejo borroso incapaz de seguir el ritmo de sus pasos. Mateo la hizo sentarse y, con extrema delicadeza, desdobló la sombra sobre su mesa de trabajo.
—Has estado corriendo demasiado rápido —dijo el viejo sastre, examinando los orificios por los que se habían escapado la curiosidad y la calma—. Tu sombra se ha quedado atrás tratando de respirar.
Durante horas, Mateo trabajó en silencio. Eligió un hilo dorado hecho del aroma del café matutino y la calidez de un abrazo sincero. Con puntadas invisibles, unió los bordes rotos. Al terminar, la sombra recuperó su color oscuro y vibrante.
Elena se puso de pie y miró el suelo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una levedad profunda en el pecho. Al salir a la calle, descubrió que el mundo parecía más nítido. Mateo sonrió desde la ventana, sabiendo que cuidar de aquello que no se ve es, a menudo, la única forma de reparar lo que somos.
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