Entre dos frecuencias
El cristal del módulo de encuentro brilla con un tono cian claro. A un lado del panel de cuarzo está Lucas; al otro, Nora. Entre los dos hay un espacio de apenas diez centímetros de grosor, pero representa una distancia insuperable.
Lucas lleva en la muñeca izquierda un regulador iónico, un dispositivo necesario para mantener la estabilidad de su torrente sanguíneo tras la reestructuración celular a la que fue sometido. El aparato emite un campo magnético de baja frecuencia, imperceptible para la mayoría de los habitantes de la metrópoli, pero letal para Nora. Ella posee un implante neuro-receptor en la base del cráneo, diseñado para coordinar su sistema motor. Si la carga de Lucas se acerca a menos de un metro de su nuca, la interferencia detendría el latido de la mujer.
Por eso existen lugares como La Grieta, una cafetería de paredes translúcidas diseñada para parejas con frecuencias incompatibles.
Nora apoya la palma de la mano sobre la superficie fría. Lucas imita el gesto desde su lado. Los sensores de presión captan la huella de ambos y activan el sistema hápico. En el guante de tela sintética de Lucas surge una simulación de calor: el circuito intenta recrear la sensación de piel humana. Es una aproximación suave, un engaño digital bien construido, pero carece del pulso real.
—Tu señal llegó con mucha nitidez —dice Nora a través del comunicador de onda corta situado en el marco de la mesa. Su voz suena clara, aunque ligeramente matizada por el filtro del altavoz.
—Ajusté los filtros de emisión —responde él, observando la curvatura de sus pestañas, las pequeñas pecas sobre el puente de su nariz—. La interferencia bajó bastante.
Nora sonríe, pero sus ojos revelan una leve melancolía. Desliza los dedos hacia arriba, dejando una estela de vapor sobre el cuarzo. Lucas sigue el trayecto de los dedos con la mirada.
A través del vidrio, la metrópoli despliega su danza de luces flotantes y transportes silenciosos sobre rieles magnéticos. A su alrededor, otras parejas conversan en módulos similares. Hay cuerpos modificados para soportar presiones submarinas incapaces de caminar por los parques de la superficie junto a sus compañeros de respiración atmosférica; hay personas con pieles foto-reactivas que solo logran comunicarse mediante pantallas opacas.
Lucas acerca el rostro al cristal. Nora hace lo mismo. El aire condensado por su aliento empaña un círculo perfecto entre sus labios. Él acerca la punta de su dedo desnudo a la zona aislada del panel. La tecnología hápica parpadea, creando una vibración leve en la yema de su dedo.
—En mis sueños el regulador se apaga —murmura él—. Sueño que el campo se disipa y la distancia desaparece.
—Si ese campo se disipara, mi sistema caería en colapso —recuerda ella con serenidad—. Este cristal no es una celda, Lucas. Es la única razón por la cual podemos mirarnos a los ojos.
Nora presiona el botón de textura en su panel de control. Del lado de Lucas, la vibración del guante cambia, volviéndose más densa, imitando la textura de una caricia en la mejilla. Él cierra los ojos, permitiendo que la ilusión alcance los nervios de su brazo.
Un amor sostenido por frecuencias, un vínculo pulido por la ciencia y contenido por un muro transparente. No hay contacto directo posible, no hay abrazo sin peligro, pero en el reflejo del vidrio, la cercanía de sus miradas resulta innegable.
Lucas vuelve a abrir los ojos y observa la mano de Nora dibujando un círculo en el panel. Él encaja sus dedos en los contornos marcados por ella, manteniendo la posición conforme las luces del recinto cambian de tono para indicar la desconexión del servicio.
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