El susurro entre la niebla del café
Mateo ajustó la vista sobre la enorme pila de carpetas grises que cubrían su escritorio. La oficina olía a polvo, cartón seco e impresoras viejas. Su tarea cotidiana consistía en clasificar códigos infinitos en hojas de papel idénticas, una labor que repetía con monótona precisión. Sin embargo, al inclinar su taza de café frío, ocurrió algo insólito: la superficie oscura del líquido comenzó a emitir un intenso resplandor dorado.
Sorprendido, Mateo soltó el bolígrafo. Del centro de la taza brotó una criatura diminuta, del tamaño de una nuez, formada por gotas de luz iridiscente y alas de cristal líquido. La entidad revoloteó sobre los expedientes, dejando un rastro de chispas brillantes que transformaban las frías cifras en pequeñas flores silvestres de colores vibrantes.
Sin pensarlo dos veces, Mateo se levantó de la silla, dejando caer su chaqueta sobre el suelo. La criatura se deslizó hacia la ventana abierta y se lanzó con soltura al aire fresco de la ciudad. Mateo corrió tras ella, cruzando el umbral del edificio y descendiendo los peldaños a toda prisa, impulsado por una chispa de curiosidad que creía completamente extinta.
Al salir a la calle, el contraste con la grisura diaria fue deslumbrante. El ser de luz volaba alto entre la multitud, trazando espirales luminosas sobre las cabezas de los transeúntes distraídos. Mateo esquivó puestos de fruta, farolas de hierro e hidrantes, siguiendo el centelleo constante. A su paso, la magia del pequeño visitante dejaba huellas increíbles: los adoquines gastados brillaban como gemas pulidas y el vapor de las alcantarillas tomaba la forma de dragones danzantes que saludaban a la gente.
La persecución lo llevó hasta una callejuela olvidada, cubierta de viejos muros desgastados. La criatura se detuvo frente a una enorme pared de ladrillos y la tocó suavemente con la punta de sus alas. Ante sus ojos, la piedra gris floreció en un gigantesco mural viviente de vegetación resplandeciente, tallos de esmeralda y frutas luminosas que perfumaron el ambiente.
El pequeño ser giró en el aire, miró a Mateo con ojos brillantes y se disolvió en una ráfaga de brisa cálida, dejando una chispa tibia encendida en la palma de la mano del joven. Mateo respiró hondo, sintiendo el latido acelerado y gozoso en su pecho. Al mirar alrededor, comprendió que la ciudad ya no era un laberinto aburrido, sino un lienzo infinito esperando ser explorado. Sonrió, guardó la chispa en su bolsillo y caminó hacia un nuevo rumbo, dejando atrás la oficina.
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