HerJos

La ventana en el aire

📅 2026-08-20 | 🏷️ realismo mágico

En la plaza de sal de un pueblo sin nombre, Mateo trabajaba afanosamente en la inmovilidad. Creía que la existencia solo era segura si se sujetaba con absoluta firmeza al suelo. Con un martillo de bronce pesado y clavos de plomo frío, fijaba las sombras de los árboles a las baldosas para evitar que la tierra se desmoronara. Para él, lo rígido era la única verdad habitable; la ligereza, en cambio, representaba una amenaza constante capaz de disolverlo todo en el olvido.

Entonces apareció Elena, cruzando la plaza sin tocar el suelo. Flotaba a un palmo de la superficie, vistiendo una túnica silbante tejida con murmullos de río. Traía consigo una cesta rebosante de nubes cautivas y una mirada luminosa que desconocía cualquier frontera. Elena creía fielmente en la metamorfosis eterna, convencida de que retener algo era aprisionar su alma y condenarla a la marchitez.

—¿Por qué encadenas la luz a las piedras? —preguntó Elena. Una pequeña mariposa de cristal salía de su boca con cada vocal que pronunciaba, revoloteando un instante antes de evaporarse.

—Para que no nos abandone —respondió Mateo sin detener sus golpes secos—. Si las sombras vuelan, las casas perderán sus cimientos y los tejados saldrán volando hacia el firmamento. La estructura es lo único que nos mantiene a salvo del caos.

Elena sonrió con dulzura. Se acercó al último clavo que Mateo había hundido con fuerza y lo rozó apenas con la yema de su dedo. El plomo gris se derritió al instante, transformándose en un hilo de miel dorada. La sombra que yacía atrapada, libre de pronto, se desperezó como un felino hambriento y brotó hacia el cielo convertida en un ciruelo en flor, dejando caer pétalos de fósforo sobre sus cabezas.

Mateo dejó caer el martillo, aterrorizado por la repentina alteración del orden, pero incapaz de apartar la mirada de aquella belleza suspendida.

—El peso absoluto no salva a nadie —dijo ella, colocando un pétalo radiante en la mano rugosa del artesano—. La verdadera estabilidad nace cuando aprendemos a bailar con la marea sin miedo a perder el equilibrio.

El contacto de aquella luz viva alteró la mirada de Mateo. Sintió que sus pies, pesados como raíces de hierro, recuperaban la flexibilidad. Miró sus herramientas y comprendió la lección. Tomó el cincel y, en lugar de clavar otra sombra, esculpió una pequeña ventana transparente en el aire. De la hendidura brotó un soplo marino que hizo germinar la sal del suelo en miles de flores blancas.

Allí, entre lo firme y lo sutil, ambos entendieron que la piedra necesita del viento para respirar, y el viento de la piedra para reconocer su propia fuerza.

Publicidad

← Volver al inicio