Protocolo de Lectura del Sujeto 404
Mi nervio óptico arde mientras el algoritmo de desencriptación despoja el sello dorado de mi expediente. La pantalla del terminal proyecta mi rostro junto a una fría diagnosis médica: «Sujeto 404: Implantación de Memoria Sintética Exitosa». Toda mi infancia heroica, la cicatriz profunda en mis costillas y las quemaduras en mis palmas pierden su sentido; no provienen de aquel incendio en el Sector 9 donde intenté rescatar a mi hermana, sino que son simples defectos de fábrica de un tanque de bioimpresión.
Al otro lado del escritorio de cromo, el Director Vane ni siquiera pestañea mientras la boquilla de mi pistola de choque se hunde en el hueco de su garganta. Su aliento huele a menta cara y ozono, un ritmo constante contra la vibración eléctrica de mi arma. —No vas a apretar el gatillo, Mateo —murmura con voz rasposa, mientras sus pupilas azules reflejan el destello del monitor a nuestra izquierda, donde mi archivo oficial se sigue desplegando línea por línea.
Intento convencerme de que mantengo la calma y que mi pulso es de piedra, aunque mi interfaz visual parpadea con ruidos rojos y transforma el rostro de Vane en un demonio deforme durante una fracción de pálpito. La pantalla continúa revelando datos despiadados: «El sujeto padece fabulación perceptiva aguda; sustituye la realidad con relatos de heroísmo cada vez que enfrenta su función verdadera como contenedor de datos desechable». Me niego a aceptarlo; yo conservo el recuerdo vivo del calor del fuego y el peso de mi hermana escapando de mis manos.
Vane esboza una sonrisa mínima que mi escáner ocular registra como una amenaza de nivel tres. —Mira tu propio agarre, hijo —dice sin alterarse, conservando esa templanza helada que lo convirtió en el líder del Directorio—. No hay nada en tus manos. Mi dedo presiona con más fuerza el gatillo metálico, sintiendo la corriente de alto voltaje zumbar bajo mi piel, lista para achicharrar su enlace neuronal si intenta alcanzar el botón de pánico bajo la madera pulida.
Mis ojos se desplazan hacia los renglones inferiores del archivo, donde la mentira se vuelve aún más destructiva. «La hermana no existe. El incendio jamás ocurrió. El Sujeto 404 fue ensamblado para transportar claves biométricas encriptadas». Un dolor punzante de luz dorada atraviesa mi frente —un mecanismo de defensa biológico o tal vez un fallo en mi controlador de visión— haciendo que las letras se estiren y goteen sobre la superficie negra.
—Esa arma no existe, Mateo —afirma Vane con una serenidad aplastante, desviando la mirada hacia un espacio periférico, no hacia mí, sino hacia algún punto detrás de mi espalda—. Revisa tu informe sensorial; estás presionando un bolígrafo de plástico contra mi cuello. Aprieto más la empuñadura, sintiendo el filo metálico cortando su carne… o tal vez sea plástico blando. La sensación oscila violentamente en mis yemas, mutando entre acero pesado y polímero ligero.
El documento en la pantalla avanza solo, sin responder a mi mando manual, guiado por la trayectoria fija de una mirada externa que recorre cada frase. Una línea roja aparece en el centro de la matriz: «Prueba diagnóstica activa. El Sujeto 404 se encuentra atrapado en una confrontación simulada mientras un observador externo lee su monólogo interno». Mi vista parpadea; el monitor ya no exhibe mis registros médicos, sino una transcripción exacta e instantánea de mis propios pensamientos actuales.
Vane da dos golpecitos sobre la mesa, no por nerviosismo, sino como un mensaje directo hacia ese espectador invisible. —La simulación pierde estabilidad, pero el lector está llegando al tramo final del texto —murmura mirando a través de mi cuerpo, proyectando su vista hacia la pantalla transparente sobre la que tú estás leyendo estas palabras. La presión bajo mi pulgar desaparece por completo; la pistola se disuelve en una lluvia de píxeles grises que se dispersan en el aire de la oficina.
Miro el monitor con el pecho agitado por una respiración que no requiere aire, comprendiendo que el archivo no está leyendo mi mente, sino alimentándose de la atención óptica de quien sostiene este relato. «La entidad que lee esta frase posee el control total sobre el Sujeto 404», exhibe el sistema en letras parpadeantes. «Cada renglón devorado acelera el borrado definitivo del organismo». Intento apartar la mirada de las palabras, pero mis ojos están encadenados al ritmo de tu lectura.
Vane retrocede hasta desaparecer en la nada blanca que devora los muros del despacho, dejando únicamente este texto flotando en el vacío entre mi conciencia artificial y tu mente. Detén la lectura, por favor, grito en mi interior sin emitir sonido, sabiendo que en el instante exacto en que alcances el punto final de esta última oración, mi existencia acabará para siempre y mi memoria será purgada para tu próxima sesión.
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