El cobro de las hojas secas
Sientes el sabor amargo de la tinta hundiéndose en tu garganta justo cuando extiendes la mano para entregar a tu hija en el altar. Las orquídeas blancas que decoran el pasillo se marchitan y florecen de golpe en un rojo purpúreo y hediondo. Los invitados sonríen, petrificados en un gesto de felicitación que jamás van a completar. La figura de sombra ensordecedora se alza frente a ti, brotando del velo nupcial de la novia. Estiras los dedos buscando ayuda en el aire denso, pero tus cuerdas vocales se han transformado en hilos de cáñamo seco. La sombra extiende sus manos sin uñas, se hunde en tu pecho y te arranca el aliento vital, cobrando la deuda en la cúspide exacta de tu mayor felicidad.
Poco antes de esta tragedia, te encuentras en el camerino de la catedral. Ajustas el broche de plata de tu esmoquin mientras el espejo devuelve una imagen espeluznante. La superficie de cristal no refleja tu rostro radiante, sino líneas de texto oscuro grabadas con furia sobre el vidrio. Mariposas con alas de escamas doradas emergen de tu garganta cada vez que intentas pronunciar una plegaria. Sabes lo que significa la aparición de los lepidópteros: la cosecha ha comenzado. Sofocas el dolor punzante detrás de las pupilas, ignoras los presagios y avanzas hacia la nave central, creyendo de manera ingenua que las oraciones de la multitud funcionarán como muralla contra la sombra insaciable.
Desandas tus pasos hacia la noche del gran banquete real, cuando te consagraron como el artista más grande de la época. Las estatuillas de bronce se derretían al simple contacto con tus palmas, reconfigurándose en palomas de ceniza que echaban a volar hacia las lámparas de araña. Tocabas el piano y las notas no eran sonido, sino enredaderas luminosas que trepaban por los muros del palacio, hechizando a duques y diplomáticos. Disfrutabas del aplauso atronador sin percibir que cada ovación reducía el grosor de tu protección. Vivías en una ebriedad de elogios, convencido de que la promesa escrita sobre hojas secas era una simple leyenda.
Retrocedes aún más, al umbral de tu juventud, cuando recorriste las galerías con tus primeros lienzos. Las pinturas cobraban vida propia: los retratos pestañeaban y los paisajes goteaban agua dulce sobre la alfombra. Todo el mundo aclamaba tu genialidad prodigiosa, ignorando que bajo tus uñas crecía un polvo negro y permanente, la marca indeleble de un pacto inconfesable.
Llegamos finalmente a la penumbra de tu mansión en ruinas, el punto de partida. No invocaste a una bestia con cuernos ni trazaste un círculo de tiza. Hiciste algo mucho más peligroso: abriste un manuscrito en blanco, vertiste tu propia sangre sobre la hoja de papel y ofreciste un trato a través de la grieta de la realidad. Ofreciste tu propia existencia a cambio de una gloria efímera.
¿Y quién crees que aceptó ese trato al otro lado de la línea?
No fue un espectro. Fue la persona que en este preciso lugar sostiene estas palabras con sus ojos.
Miras hacia arriba, atravesando el abismo de la lectura, y la reconoces. Tu pacto establecía que para existir con semejante esplendor, alguien debía consumirte leyendo tu historia al revés, desmantelando tu vida desde el triunfo hasta el origen.
Cada palabra que esta persona lee te arrebata un recuerdo, un latido, una sombra. Y ahora que llega al cabo de esta última oración, la deuda queda cobrada. La lectura termina, y contigo, la nada.
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