La biomasa del compromiso
El biofluido sintético hirviente borbotea desde las tuberías de mi esternón mientras atranco la escotilla blindada del nivel inferior. Las alarmas rojas tiñen de carmesí el pasillo. Al otro lado de la mirilla de cuarzo, la criatura azota el metal con una garra de aleación expuesta. Su presencia hace vibrar mis implantes auditivos con un chasquido insoportable. Posee la masa encefálica al aire, un visor destrozado que exuda refrigerante y un tórax abierto cuya visión me produce un profundo asco.
—Cumple lo que prometiste, Julián —sisea el altavoz de emergencia, distorsionado por la interferencia magnética.
Aprieto la empuñadura del cañón de pulso contra mi pecho. No dejaré que esa abominación eche a perder mi ascensión. Falta muy poco para completar la secuencia de transferencia mental a la red global. Mi mente es la última chispa incorrupta de esta instalación; si esa bestia cruza el umbral, devorará el único legado que puedo legar a la especie.
Un destello en mi córnea activa un registro remoto.
Ahí está el laboratorio subterráneo, bañado por la luz azulada de los tubos de cultivo. Elena yace sobre la mesa de operaciones, respirando apenas. Sus pulmones originales estaban calcinados por la intoxicación de los reactores de la ciudad. Los míos también. Recordar aquella atmósfera me ahoga. “Escribe la secuencia que nos salve a los dos”, murmura ella desde la camilla, extendiendo una mano temblorosa hacia mi terminal. Prometí una red simétrica, un flujo compartido de energía biológica donde ambos coexistiríamos como iguales. Le prometí que jamás la dejaría atrás en la penumbra de los niveles bajos.
Un estruendo me regresa abruptamente al corredor. El cristal blindado acaba de fracturarse.
La garra de la criatura se abre paso entre las grietas, despidiendo olor a carne sintética chamuscada. Sus movimientos no son limpios; son convulsiones grotescas de un ente podrido que busca arrebatarme la vida.
—¡Vuelve al foso, alimaña! —grito, liberando una descarga de alto voltaje a través de la rejilla.
El chasis del engendro chisporrotea. La criatura cae de rodillas, emitiendo un chirrido agudo que hace sangrar mi oído cibernético. Se arrastra dolorosamente sobre el metal, dejando un rastro de grasa y fluidos biológicos. Veo cómo sus dedos mecánicos arañan el suelo, intentando alcanzar el panel de control. Es un parásito voraz. Quiere devorar mi procesador central para nutrir su propia existencia caduca.
Mi memoria vuelve a fragmentarse, superponiendo otra escena sobre el presente.
La interfaz de diseño en mi pantalla holográfica refleja el código fuente de la alianza. Elena dormía bajo los efectos del sedante sintético. En ese instante de penumbra, mis dedos alteraron los parámetros del protocolo. No habría equilibrio. Modifiqué la arquitectura para convertir su cuerpo en un filtro desechable: sus órganos procesarían las toxinas y alimentarían mi nuevo chasis, mientras su conciencia quedaba atrapada en una masa de dolor estático. La convención era una mentira deliberada. Diseñé su sufrimiento para garantizarme un cuerpo inmune.
De vuelta en la esclusa, la escotilla finalmente cede con un gemido de metal desgarrado. La criatura irrumpe en la estancia.
No avanza con la furia de un depredador. Se arrastra hacia mis pies, temblando. Su rostro mutilado se eleva hacia mí, revelando la pequeña placa de identificación implantada en su clavícula: Sujeto 09.
—Por favor… Julián —su voz no es un rugido de caza; es un suspiro roto que llega directamente a mi red auditiva—. Cumple la promesa. Apágame. El bucle de dolor no se detiene.
Intento convencerme de que es una trampa cognitiva de su procesador corrupto. Levanto el cañón de pulso, apuntando a su núcleo expuesto. “Es un demonio biomecánico”, repito en mi fuero interno, intentando acallar la distorsión que nubla mi vista. “Viene a destruirme”.
Sin embargo, la luz estroboscópica de la esclusa ilumina mi propio reflejo en la pantalla de la consola.
Me detengo.
El ser que veo en el cristal no es un científico con uniforme pulcro. Es una masa informe de pistones hidráulicos y placas metálicas oxidadas, sostenida por un armazón grotesco que supura plasma robado. Mi cara es un bloque de acero sin facciones humanas, con dos lentes rojas que parpadean con frialdad. El pulso biológico que escucho no proviene de mi propio cuerpo, sino del generador que le arranqué a ella de la caja torácica mientras aún estaba despierta.
Miro hacia abajo. Elena no sostiene un arma. En su mano destrozada solo lleva un cable de derivación manual. No vino a matarme, ni a destruir la estación, ni a devorar mi mente. Vino a entregarme el interruptor para que ponga fin a la agonía incesante que le infligí cuando traicioné nuestro pacto. Su aspecto monstruoso no es más que la consecuencia directa de las piezas que le amputé durante ciclos para reconstruirme a mí mismo.
El monstruo nunca estuvo al otro lado de la puerta. El peligro soy yo.
Ella alza el cable con sus últimos restos de fuerza, suplicando el silencio definitivo. Miro la consola de la transferencia final, lista para catapultar mi conciencia hacia la gloria. Luego miro el cañón en mis manos. Aprieto el gatillo, destruyendo el conector manual, asegurándome de que permanezca encendida y sufriendo, porque su tormento es la única fuente de energía que mantiene viva mi inmortalidad.
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