La penumbra cautiva
El filo de mi daga de obsidiana roza la yugular de la bestia, suspendido a un milímetro de su piel escamosa. Una gota de su sangre dorada permanece inmóvil entre el acero y su garganta, flotando como una canica de cristal atrapada en el aire deslumbrante. Alrededor de nosotros, el mundo entero ha quedado petrificado en la brevedad de un pestañeo expandido. Un colibrí yace suspendido junto a mi oreja, con las alas desplegadas como abanicos de esmeralda rígida; las motas de polvo flotan en el espacio, estáticas, semejantes a un enjambre de microestrellas apagadas. Nada cae, nada avanza. Solo la furia de mi respiración rompe la ilusión de esta estampa inmóvil.
Vine a ejecutar a la criatura para devolverle la vida al pueblo. La tragedia comenzó cuando las sombras desaparecieron. De un momento a otro, aquello tan cotidiano como la mancha oscura que camina a nuestro lado, el refugio fresco que cobija los pies bajo el sol abrasador, simplemente se evaporó de la faz de la tierra. La gente comenzó a enloquecer al verse desprovista de su contorno terrenal. Sin esa penumbra vital para equilibrar el resplandor, la piel de mis vecinos se ampolla hasta la carne viva, los pozos de agua se evaporan y la cordura se quiebra bajo un cielo blanco que jamás descansa.
Yo fui el único valiente capaz de internarse en el bosque espeso para dar caza al responsable. Miren a este ser aborrecible: sus cuernos retorcidos como ramas secas, sus garras cubiertas de musgo podrido y su rostro simiesco. Es un engendro despreciable. Sé que intenta engañarme con esos gemidos silenciosos que proyecta directamente en mi mente; las alimañas siempre apelan a la piedad cuando se ven acorraladas. Insiste en que no robó nada, que vino a ayudarnos, que el equilibrio del mundo exige oscuridad para sobrevivir. ¡Mentiras de un demonio! Me digo a mí mismo mientras afianzo la empuñadura de hueso. Yo soy el héroe que devolverá la calma a las familias que aguardan en la aldea.
Sin embargo, al mirar fijamente los enormes ojos oscuros de la bestia, percibo un matiz extraño. No hay malicia en su mirada, sino una tristeza infinita, la piedad dolorosa que se le tiene a un rabioso que no sabe que está enfermo. En la curva cristalina de su pupila se refleja la escena completa, revelando los detalles que mi mente había decidido ignorar.
En ese reflejo diminuto me veo a mí mismo, pero no luzco como el guerrero luminoso que imagino. Mi rostro está deformado por la avaricia y la paranoia. A mi espalda cuelga un pesado morral de cuero que robé del altar ancestral antes de que la luz lo devorara todo. De las costuras de ese saco brota un humo denso y violáceo que patalea por escapar: las sombras del pueblo. No fue el guardián de los bosques quien las arrebató; fui yo. Las arranqué de los cimientos de las casas, de las faldas de las madres y de las mejillas de los niños porque la mía, arrugada y torcida, me causaba una vergüenza insoportable. Decidí que si yo no podía tener una silueta limpia, nadie disfrutaría del amparo de la noche.
La criatura a la que estoy a punto de degollar no es un monstruo. Es el Señor de la Penumbra, un espíritu pacífico que había descendido del cerro cargando flores de medianoche para regalarle un descanso a los campesinos agonizantes. En sus manos petrificadas sostiene un cuenco de rocío que intentaba verter sobre nuestras cosechas marchitas.
El peso de la revelación me quema las manos, pero mi orgullo es un veneno más profundo. Si permito que este instante se reanude y la bestia hable, el pueblo sabrá que el salvador es en realidad el verdugo que los condena a arder bajo el resplandor eterno. La gota de sangre dorada sigue flotando frente a mi hoja, esperando. Aprieto los dientes, ignoro el llanto mudo que emana del fondo del morral en mi espalda y elijo mi destino. Despacio, empujo el filo de obsidiana hacia adelante para silenciar la verdad para siempre.
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