El observador de la chispa
El cristal del ventanal estalla hacia dentro en una lluvia de esquirlas de luz azul. Previo al impacto, el destello rojo ya parpadeaba sobre la retina derecha de Bruno: «El tráiler de carga perderá el eje delantero; tu fémur se partirá en tres secciones». Bruno no tuvo la oportunidad de dar un paso a la izquierda; la inercia del vehículo aplastó el mostrador del café sin que el olor a grano tostado pudiera evaporarse de sus narices.
Espléndido, ¿verdad? Sangre sintética mezclada con capuchino frío. Hola. Sí, te hablo a ti. No des la vuelta mirando por encima de tu hombro; hablo con quien sostiene este escrito o mantiene la vista fija en la pantalla. Bruno no puede oírme. Él está demasiado ocupado intentando recordar cómo se respiraba mientras sus costillas crujen. Pensarás que esto es una triste historia de ciencia ficción sobre algoritmos premonitorios. Qué ternura me da tu inocencia.
Retrocedamos varios tramos en el archivo mental de este pobre diablo. Un taller clandestino en el centro de la Ciudad de México, impregnado de olor a cautín y solventes baratos. Un tipo apodado El Chino incrustaba la banda de grafeno en la base del cráneo de Bruno. «Esto te anticipa los eventos», prometió el cirujano de banqueta, escupiendo al suelo. «Captura las frecuencias de las probabilidades del entorno. Estarás siempre un paso adelante de la desgracia». Bruno pagó con sus ahorros y una dentadura de oro de su abuela. Quería prever los choques en el periférico, los asaltos en el transporte público, la lluvia repentina. Nunca imaginó que el sistema no leía la probabilidad del universo, sino los impulsos de una mente externa.
En la etapa actual, aplastado bajo un radiador humeante, el ojo de Bruno vuelve a teñirse de código fluorescente. Un nuevo texto flotante en su campo visual profetiza: «Una descarga eléctrica atravesará el chasis. Tu corazón se detendrá en la tercera inhalación». Él intenta arrastrarse. Sus dedos raspan el piso de losetas rotas. El tráiler gotea líquido de frenos sobre sus pantalones.
Revisemos la memoria previa, cuando la pantalla neuronal aún era una novedad divertida. La notificación inicial ocurrió en un vagón del metro. «La mujer del abrigo verde tirará su café sobre tus tenis en tres zancadas». Uno, dos, tres zancadas. El líquido tibió su calzado. En aquel tramo de su existencia, Bruno rió. Se sintió un dios urbano, un vidente de barriada. Luego vinieron los mensajes más oscuros. «El elevador caerá en el piso cuatro». «El perro morderá la yugular del niño». Bruno intentó intervenir, pero los eventos eran inevitables. Como si alguien ya hubiera redactado el guion y él fuera un mero actor sin libertad de improvisar.
¿Ya empezaste a atar cabos o necesitas un esquema con plumón? Exacto. Las predicciones en la cabeza de Bruno no vienen de una supercomputadora en la nube, ni de un canal cuántico. Vienen de ti. De tus ojos recorriendo estas palabras. Cada frase que lees materializa el evento en su realidad. Si tú avanzas a la siguiente línea, el camión suelta la chispa. Si devoras el siguiente párrafo, la descarga inicia.
Bruno alza la vista hacia la nada. No ve el techo del café destruido; está mirando en tu dirección, hacia la barrera invisible que separa su angustia de tu comodidad. Sus labios ensangrentados se mueven sin emitir sonido, pero su interfaz refleja una última notificación en letras amarillas, una advertencia que tú mismo estás provocando al no cerrar esta lectura: «El lector continuará hasta la palabra final. La chispa alcanzará el tanque de gasolina».
Podrías dejar de leer aquí mismo y salvarlo. Podrías apartar la mirada y dejar a Bruno atrapado en una pausa indefinida, vivo, respirando a medias entre los fierros retorcidos. Pero ambos sabemos que no lo harás. El morbo es una fuerza biológica irresistible. Tu vista se desliza inevitablemente hacia el término de esta oración. La chispa cae. El tanque estalla. Y la pantalla de Bruno finalmente queda en negro. Gracias por tu cooperación en el desastre.
Publicidad