El laberinto de azabache
Sientes el jarabe tibio goteando desde las alturas sobre tus hombros, espeso y dulce como la miel de agave. A tus pies, el concreto de la avenida Juárez se ha transformado en un espejo de azabache profundo, una superficie líquida y firme a la vez donde las nubes del mediodía nadan bajo la suela de tus botas. A tu alrededor, la multitud grita desorientada mientras las palomas que sobrevolaban el Palacio de Bellas Artes caen hechas pedazos de cristal templado, tintineando como finas campanas al estrellarse contra la banqueta. El prodigio que la nota vaticinó ya ocurrió frente a tus ojos. Tu pecho, atravesado durante años por el veneno de la indecisión y la cobardía, encuentra de pronto una calma insólita. Ya no tiemblas. Has dejado de huir de tu propio rumbo, comprendiendo al fin que no eres un simple espectador del azar, sino el eje silencioso alrededor del cual orbita este desastre formidable. La duda sobre tu capacidad para encarar lo incomprensible ha desaparecido por completo. Sin embargo, el lago de azabache continúa expandiéndose sin freno hacia los cuatro puntos cardinales, tragándose las alcantarillas, los automóviles y los cimientos de la ciudad entera, sin revelar jamás si este nuevo mundo líquido te ahogará o te enseñará a caminar sobre el abismo.
Escobas de aire helado peinan las copas de los árboles poco antes de que la realidad se quiebre. Estás de pie junto a la jardinera de jacarandas, aplastando contra tu pecho el pedazo de corteza de amate que recogiste del suelo. Tus yemas leen los surcos luminosos grabados en la superficie vegetal, palabras trazadas con una resina hirviente que huele a copal fresco: «Las aves se volverán vidrios rotos y la tierra reflejará el abismo en el instante exacto en que las puertas del templo se abran sin auxilio del viento. Mantente firme y no des un solo paso atrás». Miras hacia la entrada de la iglesia de San Juan de Dios; las pesadas hojas de madera permanecen cerradas. A unos metros, un vendedor de camotes empuja su carro y el silbato de hierro suelta un chillido agudo. El instinto salvaje te exige echarte a correr, abordar el primer microbús que pase y esconderte en la periferia para salvar la piel. Pero entiendes la trampa psicológica de la nota anónima: si huyes, la angustia te perseguirá el resto de la existencia; si te quedas, aceptas la verdad de tu temple. Respiras hondo, clavas los tacones en el pavimento y observas cómo, sin ráfaga alguna que las empuje, las bisagras de la iglesia comienzan a gemir y las puertas de roble se abren de par en par.
Antes del olor a copal en la calle, antes de la corteza, estás sentado al fondo del antiguo café de chinos en la calle de Tacuba. El vapor de tu taza de café de olla sube en espirales densas. Frente a ti, sobre el mantel de plástico rojo, no hay nada inusual hasta que una polilla enorme, con alas arrugadas que parecen hechas de papel periódico viejo, aterriza junto a tu cuchara de metal. La criatura no revolotea; se despliega con la precisión de un abanico mecánico. En el reverso de su ala izquierda, escrita con la misma sustancia brillante que luego verás en el amate, aparece el primer mensaje en letras minúsculas: «En un parpadeo, la criatura expulsará el presagio vegetal. No le des la espalda a lo que viene». La polilla abre sus fauces y deposita sobre la mesa el trozo de corteza aún húmedo antes de deshacerse instantáneamente en un puñado de sal fina. Miras a los meseros que caminan entre las mesas con charolas de pan dulce y a los comensales que conversan sin inmutarse; ninguno ha presenciado la magia. Un escalofrío te recorre el espinazo al comprender que una presencia invisible conoce cada uno de tus pasos, que predice tus movimientos poco antes de que crucen por tu mente, obligándote a decidir si serás el dueño de tu historia o la marioneta de un milagro que no pediste.
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