La densidad de la fibra verde
El martillo pesa en mi mano derecha, salpicado de yeso, sangre y mugre. Bajo la gruesa pata de hierro de la estufa de cuatro quemadores, la criatura amarilla se retuerce, emitiendo un chillido ahogado mientras su fibra verde intenta aferrarse a los azulejos destrozados del piso. He ganado. Mi cocina en este departamento del tercer piso es un terreno de guerra con muros perforados, tubos de PVC al descubierto y cables colgantes, pero logré neutralizar a la amenaza antes de que consuma la estructura entera del edificio. A mis espaldas, Don Héctor gime sobre el piso de la entrada, sosteniéndose las costillas sangrantes. Pobre viejo. La influencia mental de la bestia lo atrapó primero, obligándolo a interponerse entre mi masa de fierro y el engendro para defenderlo. Levanto el martillo una vez más, listo para aplastar el centro poroso del parásito cósmico que devoró mi tranquilidad.
Unos cuantos respiros antes de asestar ese impacto definitivo, la cacería estaba en su punto más sangriento a lo largo del pasillo. Don Héctor había derribado mi puerta a patadas, gritando con la voz quebrada: «¡Suelta eso, Manuel! ¡Por el amor de Dios, estás loco, estás destruyendo tu casa!». Pero yo podía ver la verdad a través de su mirada extraviada y sus pupilas dilatadas: la cosa lo estaba manipulando telepáticamente. En sus manos temblorosas, el pobre anciano intentaba cubrir amorosamente ese rectángulo de goma esponjosa de diez pesos. Tuve que defenderlo de su propio delirio. Le asesté un golpe certero en el tórax con la tostadora de acero inoxidable para quitarlo del camino. En ese instante de distracción, la esponja realizó un movimiento físicamente imposible: rodó ladera arriba por el pasillo, desafiando la gravedad, absorbiendo a su paso tres metros de alfombra sintética sin cambiar de tamaño ni pesar un gramo más. El suelo quedó en la pura losa de concreto gris, engullido por los poros amarillos de ese abismo flotante.
Antes de esa estampida salvaje hacia el pasillo, el cara a cara ocurrió en el centro de la sala. La bestia descansaba sobre la mesa de centro de vidrio templado. Ahí presencié la alteración más grotesca de la materia: la espuma jabonosa no caía hacia el cristal, sino que goteaba hacia arriba, elevándose en dirección al techo, creando estalactitas flotantes de jabón blanco que desafiaban cualquier principio físico. Aterrado por semejante aberración, le arrojé la enciclopedia médica de mil páginas para aplastarla de una vez por todas. El pesado volumen tocó la superficie porosa y, en lugar de aplastar la goma, fue succionado hacia su interior en un parpadeo silencioso, desapareciendo por completo dentro de un poro del tamaño de un alfiler. La esponja permaneció idéntica, ligera, amarilla, concentrando una densidad infinita en su interior ciego. Supe entonces que me enfrentaba a un predador ápice de otra dimensión. Corrí al cajón de herramientas a tomar el martillo, dispuesto a cazarlo.
Y aún antes de la batalla campal en la sala, todo era una calma aparente junto al lavabo de la cocina. Tenía las manos llenas de grasa y agua fría. Sostuve la esponja comercial recién comprada en la tiendita de la esquina: un bloque de poliuretano amarillo con una capa abrasiva de fibra verde. Restregué la taza de cerámica donde tomé café temprano. Al simple contacto, la taza no se limpió: simplemente dejó de existir. No hubo ruido de vidrios rotos ni fragmentos en el drenaje. La cerámica pesada fue absorbida sin resistencia por la fibra blanda, desintegrándose en la nada. La esponja no se mojó; permaneció totalmente seca, suave y tibia al tacto. Me quedé helado, mirando ese objeto cotidiano transformado en un vórtice imposible. En mi mente no quedó duda: la invasión había comenzado en mi propia cocina y solo yo tenía el valor suficiente para encarar al monstruo.
Publicidad