La factura de la tinta suspendida
Mírenlo bien. Ahí está nuestro queridísimo Rogelio, inmóvil como una estatua de cera barata, con la pluma estilográfica rozando la hoja de papel. Una gota de tinta cuelga del plumín, negándose rotundamente a caer. Un fotógrafo de la prensa local tiene la luz del flash a medio estallar, creando una nube blanca flotante a la derecha del encuadre. Todo el salón del hotel más ostentoso de la ciudad se ha convertido en un diorama de gente rica congelada en muecas de admiración falsa. Hermoso, ¿verdad? Es el arte de la parálisis absoluta.
Ustedes se preguntarán por qué nadie se mueve excepto el sujeto de traje gris raído que acaba de atravesar la pared como si el concreto fuera gelatina de limón. Ah, estimado lector, bienvenido al instante exacto donde los viejos compromisos vienen a exigir su cobro con intereses moratorios.
El tipo de gris se hace llamar el Señor Voraz —un apodo poco sutil, lo sé, pero los acreedores del inframundo nunca han destacado por su poesía—. Camina sin prisa entre los invitados petrificados, le quita la copa de champaña a una señora de alcurnia, le da un sorbo despreocupado y la regresa exactamente al mismo punto suspendido en el aire.
—Hola, Rogelio —murmura Voraz, soplándole en la oreja a nuestro atribulado héroe.
Rogelio no puede ni pestañear, pero en la penumbra de su cerebro está berreando como animal en matadero. El problema es bastante simple: en aquel lejano día de miseria, cuando nuestro muchacho no tenía ni para un taco de canasta y la desesperación le carcomía las entrañas, cerró un trato verbal con este ser de sombra. «Hazme triunfar y te daré lo que más valore en la culminación de mi mayor éxito», juró el muy ingenuo. En aquel entonces, Rogelio asumió que su posesión más apreciada sería su dinero, su auto de lujo o tal vez su madre. Qué poco se conocía el pobre idiota.
—Vengo a cobrar —repite Voraz, mostrando una sonrisa repleta de dientes demasiado rectos para ser humanos—. Las cláusulas eran cristalinas. Firmas el contrato de la fusión corporativa, te adueñas del consorcio y yo me llevo tu tesoro más sagrado.
Y aquí es donde el misterio de la velada se pone sabroso: ¿cuál es el dichoso tesoro de un embustero profesional?
Voraz pasa una uña negra por la orilla del papel estático. —Pensaste que me llevaría a tu esposa, la pobre Beatriz, que está allá al fondo con la boca abierta a medio aplauso. Pero seamos honestos, la detestas desde la víspera de la boda. Pensaste que me llevaría tus cuentas bancarias. Tampoco. A mí las divisas solo me sirven para encender puros de pésima calidad.
El pánico interno de Rogelio se cocina a fuego lento. Nuestro amigo repasa cada mentira, cada estafa, cada peldaño que escaló pisoteando cuellos ajenos. Y es justo aquí donde la voz que les habla —o sea yo— se toma la libertad de hacer una pausa cínica. ¿No les parece fascinante cómo los pillos siempre se creen los más astutos de la habitación hasta que el universo les avienta la cuenta detallada a la mesa?
Voraz se inclina hasta rozar el oído de Rogelio. —Lo que más valoras, querido triunfador, es tu impunidad. Tu amada habilidad para engañar a todos sin que jamás descubran el fango del que estás hecho. La ilusión de que eres un hombre de bien.
El pulso mental de Rogelio sufre un vuelco. Por primera vez en toda su existencia, una claridad diáfana y descarada se abre paso en su mente. No hay arrepentimiento, ni culpa por los inocentes que arruinó. Solo una aceptación helada y casi placentera: en efecto, él jamás amó la riqueza por sí misma. Lo único que le daba sentido a su podrida vida era la comedia de fingir virtud mientras devoraba a los crédulos. El enigma de su propia alma queda resuelto sin ambigüedades: es un monstruo y le encanta serlo. Su dilema interno ha muerto; se abraza a su miseria moral con orgullo.
—Ya te cayó el veinte, ¿verdad? —sonríe Voraz, leyendo sus pensamientos como si hojeara un folleto comercial—. Me voy a llevar tu máscara. En cuanto esta gota de tinta manche el documento, la mentira se evapora. Todos en este salón sabrán, con absoluta certeza, la clase de alimaña que eres.
Rogelio ha alcanzado la paz. Ya no teme a su propia podredumbre interior; se reconoce ruin y lo acepta. Sin embargo, afuera de su mente, el plano físico sigue inmóvil.
La gota de tinta no cae. El destello del flash continúa atrapado a mitad del espacio. El acreedor mantiene la mano extendida, esperando que el movimiento se reanude para ejecutar la sentencia.
¿Descenderá la pluma para estampar la firma y desatar el escándalo público, o quedará el embustero congelado para siempre en la antesala de su propia ejecución social?
El cobrador aguarda. La multitud no respira. Y la gota de tinta, desafiante, sigue flotando en la nada.
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