La geometría de la furia
Tengo los nudillos hirviendo y el mango del martillo soldado a la palma de mi mano. Frente a mis ojos, una gota de salsa roja flota entre el puesto de tacos y el filo de la banqueta, totalmente detenida como una canica de vidrio denso. Nadie parpadea en la avenida. El chavo de la camisa rota no termina de caer; permanece inclinado hacia el pavimento en una postura imposible que desafía la gravedad.
La pantalla estrellada de mi celular, apretada en mi mano izquierda, brilla con una notificación sin remitente: «El sujeto de franela destrozará el cuello de la niña de las trenzas en cuanto la luz cambie».
La lectura del texto me eriza la piel. Miro alrededor en esta maqueta inmóvil de la colonia. El entorno completo quedó suspendido. Una paloma está atrapada a mitad de un aleteo sobre el poste del alumbrado; sus plumas permanecen rígidas contra el aire. La humareda del suadero frito forma una espiral estática sobre el comal, dura como si estuviera esculpida en yeso blanco. El chorro de refresco de manzana que sale de una lata aplastada forma un arco naranja y sólido que puedo esquivar simplemente rodeándolo por la derecha.
El tipo de la camisa de franela es una bestia nefasta. Desde mi posición logro ver la vileza en su rostro: la mandíbula desencajada mostrando una hilera de dientes afilados, las manos tensas como garras amarillentas listas para atrapar a la pequeña indefensa. Es un depredador camuflado entre los peatones. Me toca a mí actuar como el escudo. Soy el único despierto entre estas estatuas de carne; soy el protector de la calle.
Avanzo despacio entre las figuras detenidas. Mis botas pesadas no producen el menor sonido sobre el concreto inerte. Rodeo a una señora que carga bolsas del mandado; una lágrima rígida cuelga de su mejilla como un diamante pegado a la piel. Todos aquí son presas fáciles, marionetas sin defensa que necesitan de mi fuerza para no ser exterminadas por el monstruo.
Me coloco exactamente detrás de la criatura de franela. Elevo el martillo de hierro por encima de mi cabeza, sintiendo cómo se me tensan los músculos del antebrazo. Voy a aplastar su cráneo para neutralizar la tragedia profetizada por la pantalla.
Sin embargo, al quedar a unos centímetros de su cuello, el olor a sudor frío me obliga a mirar los detalles con más atención.
La posición del hombre no es la de un cazador a punto de dar un zarpazo. Su espalda no está encorvada para saltar, sino para hacer un parapeto. El tipo no busca lastimar a la niña de las trenzas; está colocando sus brazos abiertos para cubrirla, sirviendo de escudo contra un peligro externo. Sus ojos no brillan con crueldad, sino que están desencajados por un terror puro y cristalizado.
¿De qué intenta protegerla?
Sigo la línea fija de sus miradas estáticas. La pequeña no tiembla por causa del hombre de franela. Sus pupilas dilatadas pasan de largo de la camisa a cuadros y se clavan directo en mi rostro. La niña está mirando la herramienta que mantengo en el aire.
En la curvatura de la gota de salsa flotante me veo reflejado por completo. Mi boca está abierta en una mueca grotesca, violenta, y mis ojos lucen inyectados de una locura roja. La sombra que proyecta mi cuerpo sobre el piso no es la de un héroe salvador, sino la de una amenaza desquiciada a punto de caer sobre dos víctimas acorraladas.
La pantalla del celular parpadea una vez más en mi mano. El texto cambia antes de que la realidad vuelva a moverse: «Predicción cumplida: el verdadero peligro acaba de alzar el martillo sobre la banqueta».
Entiendo entonces la trampa de mi propia percepción. Jamás existió un monstruo frente a mí. El agresor del que hablaba el mensaje, la fiera que mantenía a toda la calle petrificada de miedo, siempre había sido yo.
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