Cuestión de Grasa
La gota de sudor salada cuelga a medio milímetro de la punta de la nariz de Mateo, esférica, inmóvil, reflejando el destello escarlata del cortador de plasma que flota a la altura de su yugular. Mateo está completamente paralizado, atrapado en la microcápsula de aislamiento biotecnológico de Neomaquila Corp, en pleno corazón de Santa Fe. Si la gota cae y toca la reja del suelo, el circuito galvánico completará la descarga de fluido esterilizador a presión. Nadie sobrevivirá a eso, mucho menos un empleado de nivel junior que solo quería robarse un par de cartuchos de microchips de hidrogel.
Sí, acércate a mirar. Qué escena tan dramática, ¿verdad? Mírenlo bien, estimado público. Mateo se siente el héroe incomprendido de una distopía cibernética. En este intervalo diminuto, expandido hasta la eternidad por los procesadores neuronales de su casco de inmersión, Mateo repasa mentalmente sus decisiones de vida. Cree que la inteligencia artificial del edificio, la temible AURA-9, ha orquestado un complot maquiavélico para exterminarlo por conocer los trapos sucios de la junta directiva. Spoiler: a la junta directiva le importa un comino Mateo. Mateo es el equivalente corporativo a un mosquito con credencial de visitante.
El entorno físico no avanza. La luz roja del panel permanece fija, congelada en la transición de apagado a encendido. Los fotones literalmente parecen haberse cansado de viajar. Mateo intenta mover el índice derecho hacia la pantalla de emergencia. Cada fibra de sus músculos cibernéticos pesa como plomo derretido. La física habitual no aplica aquí; solo existe la distancia imperceptible que la chispita del electrodo debe recorrer antes de freírle las ideas. Debe romper el protocolo de bloqueo. Si no encuentra la falla maestra de la matriz antes de que la gota de sudor recorra el medio milímetro restante, su cuerpo será convertido en una sopa proteica convenientemente empaquetada.
“Piensa, Mateo, piensa”, se dice a sí mismo el pobre iluso. Repasa en su mente los cifrados cuánticos, las claves de encriptación militar, los teoremas matemáticos que aprendió en la maestría nocturna que todavía debe. Está convencido de que el misterio tras esta trampa mortal involucra un algoritmo consciente, un virus alienígena o una traición shakesperiana por parte de su exnovia, la supervisora de ciberseguridad. ¿Ven cómo tiembla la comisura de sus labios? La tensión es brutal. El aire cargado de ozono ni siquiera puede entrar a sus pulmones porque las moléculas de oxígeno están atrapadas en una pausa forzada por el choque de frecuencias del pod.
Con un esfuerzo agónico de la mente, Mateo logra puentear el procesador central desde su interfaz ocular. Accede al código raíz de la cápsula de aislamiento. Desencripta el archivo nodriza que mantiene las puertas blindadas selladas herméticamente a presión hidráulica. Los megabytes de defensa militar caen uno a uno en su pantalla retina. Siente que toca el cielo. Está a punto de descubrir el gran secreto de la corporación, la razón última por la cual el sistema decidió condenarlo a una ejecución cibernética.
El archivo final se abre. La supercomputadora revela la causa exacta del bloqueo de emergencia y del inminente baño de ácido. Mateo lee el diagnóstico del sistema con los ojos inflados de terror.
No hay un virus sofisticado. No hay un complot corporativo. No hay una rebelión de las máquinas.
El sensor óptico de la puerta registró “intruso crítico” porque Mateo traía una mancha de grasa de taco de suadero pegada en la lente de su credencial.
Antes de que el pulso físico se reanude y la gota de sudor finalmente caiga, Mateo comprende la cruda realidad. La puerta no está trabada por un software militar; solo tiene el pestillo atorado porque alguien le echó cinta adhesiva barata al marco para que no se cerrara mientras salían a fumar. Mateo le da un empujón con el hombro a la escotilla, la cinta se despega con un triste chillido plástico y la puerta se abre de par en par. El plasma se apaga con un perezoso chisporroteo. Mateo sale al pasillo, limpio, a salvo y sintiéndose el imbécil más grande de la zona metropolitana.
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