HerJos

La geometría del abismo

📅 2026-09-07 | 🏷️ ciencia ficción cercana

Sientes la vibración del percutor en la palma de tu mano, pero la detonación jamás concluye. Frente a ti, la gota de café oscuro que brota del labio de tu taza blanca flota estática, suspendida como una perla de obsidiana atrapada en resina transparente. La mota de polvo que cruzaba el rayo de luz matutina sobre tu escritorio de pino quedó clavada a mitad de su caída, un punto dorado y rígido en el aire denso. Nada fluye. El aire a tu alrededor se ha vuelto tan duro como el cristal, aprisionándote en un parpadeo petrificado.

Tu mirada se fija en la taza de cerámica sobre el posavasos. El líquido negro en su interior ya no obedece a la gravedad terrestre. Se eleva en espirales imposibles, desafiando la densidad y la masa. Esferas perfectas de espresso se desprenden hacia arriba, interconectándose mediante hilos de luz violeta y geometría no euclidiana. La superficie del café se dobla sobre sí misma, creando ángulos infinitos que perforan tres dimensiones a la vez, emitiendo un zumbido agudo que no entra por tus oídos, sino directamente en tu hueso occipital. La taza ordinaria de tus mañanas se ha convertido en un epicentro de materia imposible, un portal minúsculo donde la física estándar acaba de morir.

Ahí está la aberración. La causa del despliegue táctico de tu unidad de contención. Entre los picos de líquido cristalizado emerge una masa informe de sombras móviles, erizada de apéndices semejantes a agujas de vidrio y órbitas oculares que se multiplicaron como el impacto en un espejo. Es la entidad exótica de la que te advirtieron en el informe de laboratorio: un parásito dimensional, una pesadilla de carne oscura y espinas que amenaza con deshilachar la realidad si toca el suelo de la habitación. Apuntas el proyector de colapso molecular hacia el centro del recipiente, listo para pulverizar ese engendro anatómico.

Sin embargo, al ajustar la mira térmica de tu arma en este espacio suspendido, notas los detalles que la prisa de la misión te ocultó. Las púas afiladas de la criatura no son armas de ataque; son costillas expuestas que intentan desesperadamente proteger un núcleo blando y palpitante. La sustancia negra que la rodea no es veneno, sino su propia sangre, que se evapora con violencia al contacto con nuestra atmósfera oxigenada. Esas docenas de ojos no parpadean con ferocidad; están desorbitados de pánico, dilatados al máximo, reflejando gigantesca la silueta de tu casco táctico y el destello azul del cañón que empuñas.

El supuesto monstruo no vino a invadir. Cayó por accidente a través de una grieta cuántica directamente en tu bebida caliente. Las espinas que brotan del café son su cuerpo intentando replegarse, aplastado por el peso brutal de una gravedad terrestre que no comprende y que lo está destruyendo por dentro. Escuchas el tono de su vibración interior: no es un rugido de guerra, es un gemido sofocado, un alarido de agonía muda implorando clemencia. El intruso es una criatura diminuta, frágil, asfixiada por el simple aire que tú respiras sin esfuerzo, atrapada en la celda de porcelana mientras su vida se derrama.

El verdadero depredador en este encuadre petrificado eres tú. Sientes el frío del gatillo, la dulce adrenalina del cazador que sostiene el poder de la erradicación absoluta. Disfrutas el peso del metal en tus dedos y el dominio sobre un ser que ni siquiera puede defenderse. Eres el titán implacable que vino a ejecutar a un refugiado indeseado por el simple delito de existir en el lugar equivocado. Aprietas el disparador con fría precisión, sabiendo que en cuanto la realidad recupere su movimiento, el rayo desintegrará la taza, el café y al pequeño ser aterrorizado en un destello imperceptible. Sonríes tras la visera, listo para borrar su existencia.

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