El sagrado arte de no escupir en falso
Miren nada más a Doña Ursulina. Ahí está, inmóvil, con la boca abierta como buzón de correo oxidado, la garganta trabada y los ojos a punto de salírsele de las órbitas. Intenta desesperadamente generar una sola gota de salivación para ejecutar el escupitajo sagrado contra el nahual que planea sobre la mesa del comedor. Pero no hay nada. Ni la más mínima ráfaga de humedad. Su cavidad bucal es, en este preciso instante congelado, un páramo tan árido como el desierto de Sonora.
A su alrededor, la creación misma ha decidido apretar el botón de pausa. Una mosca ha quedado atrapada a mitad de un aleteo, suspendida junto a la nariz de Don Efraín como un adorno de azabache pegado en el aire. La gota de mole que caía del tenedor de la niña Marisol flota libremente, convertida en un planetita esférico y denso que no sube ni baja. Ni la llama de la vela parpadea, ni el polvo flotante se atreve a caer sobre los azulejos de la cocina. Todo está paralizado.
Ustedes, estimados lectores que observan este cuadro desde la comodidad de su sillón, se preguntarán qué clase de brujería está ocurriendo. Permítanme explicárselos con el cinismo que la situación merece, porque la ingenuidad de esta ilustre familia de curanderos de Texcoco es tan grande como la sequía que sufren en la boca. Lo que se ha esfumado del recinto no es la fe, ni la magia ancestral, ni la dignidad —esa la perdieron cuando el tío Ramiro se vistió de mariachi en unos quince años ajenos—, sino algo infinitamente más vulgar y vital: la saliva.
Sin el fluido bucal, el gran ritual de protección de los Flores se encuentra al borde del colapso. El nahual, una masa deforme de sombras con tufo a azufre, aguarda petrificado al otro lado de la mesa, listo para devorarse a la última gallina del corral en cuanto el universo decida reanudar su marcha. La lengua de Ursulina se siente como una lija del número doce raspando contra sus dientes. Don Efraín intenta tragar un pedazo de pan dulce, pero su garganta se ha cerrado como un túnel derrumbado; la masa seca le bloquea la respiración y sus ojos imploran un auxilio que nadie puede gritar, pues la glotis de todos los presentes produce únicamente un rechinido semejante al de dos tejas frotándose.
Es un drama desgarrador, ¿verdad? Una verdadera tragedia del realismo mágico mexicano. La gran estirpe de sabios y espiritistas a punto de sucumbir porque el ingrediente más básico de la anatomía humana decidió evaporarse por completo del mapa corporativo de sus cuerpos.
Apuesto a que ustedes, amantes de los grandes misterios y las conspiraciones estelares, ya están teorizando sobre un portal interdimensional que succiona la humedad biológica, o quizás sobre un maleficio azteca lanzado por la vecina envidiosa del changarro de enfrente. Qué mentes tan imaginativas tienen. Me da hasta un poco de pena arruinarles su fantasía de ficción especulativa con la cruda y miserable verdad.
Fíjense bien en el frasco de vidrio que descansa sobre la repisa, justo detrás de la cabeza congelada de la doña. Unos instantes atrás, justo antes de que el universo quedara atascado como pantalla de computadora vieja, Don Efraín —en su infinita torpeza de octogenario miope— decidió refrescar a la familia preparando una gran jarra de limonada para ahuyentar la canícula. Pero el viejo cabecita de algodón confundió los frascos. En lugar de azúcar, vació en la jarra medio kilo de alumbre en polvo, un astringente feroz que su esposa usaba para curar aftas y curtido de pieles.
Los tres se empinaron la jarra de un solo trago antes de iniciar el exorcismo. El compuesto químico actuó con una eficiencia devastadora: les deshidrató las mucosas bucales a nivel celular en un abrir y cerrar de ojos, contrayendo sus glándulas salivales y pegándoles las lenguas al paladar con la potencia de un pegamento industrial.
Ahí tienen su gran enigma místico. Ni maleficios de la Llorona, ni venganzas del Inframundo. Solo un viejo atolondrado que necesita lentes nuevos y que acaba de condenar a su familia a morir ahogada en seco frente a un monstruo que, para colmo, solo quería pedirles un taco.
Publicidad