EL ARTE DE LA ESTUPIDEZ COMPARTIDA
Observen con atención la amplia sonrisa de Valeria. Es el tipo de gesto ensayado que uno hace cuando trae un kilo de sustancias ilícitas oculto en la alfombra y el perro policía se acerca a olfatear. A su lado, Bruno sostiene una copa de champán con tanta rigidez que el cristal amenaza con pulverizarse entre sus nudillos. Frente a ellos, el magnate Don Horacio contempla a través de sus gafas de oro la famosísima «Máscara de Jade del Rey Serpiente». Aplausos estallan en la galería del Museo Tamayo. El misterio de la pieza perdida se ha resuelto, la prensa toma fotografías y nuestros dos distinguidos curadores acaban de salvarse de una condena en el reclusorio oriente. ¿Heroico? Para nada. Patético es la palabra adecuada. Pero ustedes, queridos espectadores cómodamente sentados tras sus pantallas, necesitan comprender cómo estos dos competidores acérrimos llegaron a fingir un amor fraternal tan nauseabundo.
Desplacemos la mirada unas escenas hacia atrás, justo al instante previo a que se abrieran las puertas de la galería.
Valeria le daba los últimos retoques con un lápiz delineador de cejas a la frente de la figura prehispánica, mientras Bruno, hecho un mar de sudores que arruinaban su saco Armani, soplaba desesperadamente sobre una capa fresca de pegamento epóxico mezclado con aguacate molido y fijador de cabello verde. —Si don Horacio nota el olor a guacamole, diré que era un ritual funerario maya —susurró Valeria, con la voz quebrada por el pánico. —Si nos atrapan, le diré al juez que tú me obligaste —gruñó Bruno, acomodando con temblorosa precisión una farsa que mantenía a flote sus dos trayectorias profesionales. Un apretón de manos forzado selló el pacto de impunidad. Ninguno de los dos hablaría jamás.
Deslicémonos un tramo más atrás en este desastre, al epicentro del pánico en la bodega subterránea.
Ahí están los dos, de rodillas sobre el vitral hecho pedazos, contemplando el desastre. La pieza estelar, la reliquia valuada en tres millones de dólares que la Secretaría de Cultura les confió para la magna exposición, yacía reducida a una pila de escombros verdosos. Valeria hiperventilaba sobre el piso de concreto; Bruno consideraba seriamente la posibilidad de cambiar de identidad y huir a Sudamérica. —Tú la tiraste —acusó ella, señalándolo con un dedo tembloroso. —¡Tú me empujaste cuando intentaste quitarme la llave de la vitrina! —respondió él, al borde del colapso cardiovascular. Ah, la codicia profesional. Qué espectáculo tan edificante. En ese instante de absoluta ruina, los dos enemigos jurados comprendieron una verdad universal: el odio mutuo es un lujo que solo pueden permitirse los inocentes. Si el consejo descubría la reliquia pulverizada, la carrera de ambos terminaría más muerta que el soberano maya. Necesitaban una réplica, necesitaban ocultar la evidencia y lo necesitaban antes de la llegada de los invitados.
Retrocedamos la toma hasta el instante exacto del impacto.
Un codazo por la posesión de la linterna, un tropezón con el bote de basura y el fatídico sonido de cristal estrellándose contra el suelo. Valeria había intentado ganarle el crédito a Bruno abriendo el contenedor sin su presencia; Bruno la había interceptado con la elegancia de un tacleador de fútbol americano. El resultado: la reliquia voló por los aires dibujando una parábola perfecta antes de hacerse añicos.
Lleguemos finalmente al origen de esta tragedia griega de pacotilla, momentos antes de que todo se fuera al demonio.
El becario de la galería, un joven despeinado llamado Kevin, había dejado un envoltorio envuelto en franela sobre la mesa de trabajo de la bodega. Bruno y Valeria entraron al recinto con la tensión habitual de dos perros rabiosos disputándose un hueso. —La reliquia ya llegó —anunció Bruno con arrogancia—. Yo haré el desembalaje oficial. —De eso nada, doctorcito —retrucó Valeria—. La dirección me asignó el peritaje a mí. Ambos se abalanzaron sobre el paño de franela, ignorando por completo la nota adosada a la pared. Si nuestros brillantísimos académicos se hubieran tomado la molestia de leer el papelito fluorescente antes de pelearse como animales, habrían leído lo siguiente: «Estimada dirección, les dejo sobre la mesa el pisapapeles de resina verde que compré en la tienda de recuerdos de Teotihuacán para mi escritorio. La verdadera Máscara de Jade sigue resguardada en la caja fuerte del nivel superior, esperando su firma».
Pero la vanidad, queridos lectores, no lee notas. Prefiere reparar recuerdos de plástico con guacamole antes de admitir un error.
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