El reverso del lienzo
El bisturí corta la tela de lino con un siseo metálico. Detrás del óleo que pinté sobre nuestra vieja casa familiar, no hay madera ni marco de pino; hay una carpeta amarilla marcada con un sello policial de la ciudad de Guadalajara.
Yo no miento. Jamás lo hago, aunque a veces confundo los colores de los objetos cuando me altero. Por ejemplo, juro que la sangre de mi madre era azul la noche del incendio, aunque el tío Andrés insiste en que las llamas lo volvieron todo rojo. Él me rescató por la ventana del piso superior mientras las brasas colapsaban el techo. Esa es la versión que escuché en cada cumpleaños, estampada en el bronce de la medalla que cuelga en el vestíbulo.
Pero este papel mojado por la humedad dice otra cosa.
—Abre la boca, Mateo —ordena la voz del tío Andrés. La escena se mueve a la cocina de los azulejos amarillos. El olor a café recién quemado me rasca la garganta. Él sostiene una pastilla escarlata entre sus dedos manchados de nicotina. Me la trago sin chistar. Él me sonríe con esa compasión helada que siempre le he conocido. —Eres un sobreviviente, muchacho. Pocos escapan del fuego con vida.
Mentira. Todo es una mentira hilada con hilo de cáñamo.
Mis dedos repasan las cicatrices rugosas de mis antebrazos. Siempre creí que eran marcas de quemaduras de tercer grado, deformaciones causadas por el calor sofocante de aquel incendio forestal que arrasó la colonia. Pero la hoja de evaluación médica que acabo de extraer del lienzo usa una palabra distinta: autolesión química. Ácido. Un intento sistemático por borrar mis propias huellas dactilares.
Doy tres pasos hacia atrás en la penumbra del estudio. El polvo flota inmóvil en el haz de luz que cruza la ventana.
En mi memoria, el humo me asfixia. Corro por el pasillo. Veo a mi padre tirado junto a la chimenea. No, espera. Reescribo la escena. En la habitación anterior de mi cabeza, no hay humo. Hay un silencio espeso como la miel. Mi padre no está quemado; está sentado en el piso, mirándome con unos ojos desorbitados por el terror mientras yo sostengo una botella de destilado sintético y una navaja de afeitar. No hay llamas en la casa. Las cortinas están intactas. Las fotos de la estancia siguen colgadas en las paredes, rectas, impecables.
¿Por qué el tío Andrés me dijo que todos murieron entre las brasas?
El expediente incluye una fotografía. Una mujer madura sonríe en el jardín de una casa amplia, rodeada de dos jóvenes que se le parecen demasiado. Abajo, con caligrafía técnica: Familia con vida. Residencia actual: Jalisco. Mateo permanece bajo custodia supervisada debido a episodios de amnesia disociativa violentos.
El marco de la puerta cruje abajo. Pasos pesados suben por la escalera de madera. Es el trinquete metálico de la cerradura principal. Andrés ha regresado del mercado.
No existió el incendio heroico. No existió el huérfano rescatado de las llamas. Mi infancia entera es un cuento de cuna inventado por el hombre que me cuida, una jaula de cristal diseñada para protegerme… o para proteger al resto del mundo de mí.
Me miro en el espejo roto sobre el caballete. Mis pupilas están dilatadas por el fármaco rojo. Por primera vez en mi existencia, no siento la necesidad de acomodar los recuerdos ni de inventar incendios donde solo hubo violencia pura. Acepto el monstruo que habita debajo de mis quemaduras falsas. La grieta en mi mente finalmente se ha cerrado; sé exactamente qué soy y de qué soy capaz.
La perilla de la puerta del estudio comienza a girar lentamente. La sombra de Andrés se filtra por debajo de la madera. Afuera, la ciudad sigue su curso ajena al expediente que sostengo en las manos, y jamás sabré qué pasó realmente con la mujer de la fotografía ni por qué me dejaron a merced de este custodio.
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