El ajuste de cuentas en la tlapalería
Bernardo se acurruca tiritando detrás de los costales de cal en el rincón más oscuro de su tlapalería. El sudor le escuece los ojos mientras contempla la silueta colosal que bloquea la única salida del almacén. El ejecutor sostiene con firmeza un cilindro metálico provisto de un mango de madera, un instrumento de aspecto siniestro que despide destellos fríos bajo la trágica luz del tragaluz. Bernardo se presiona el costado con ambas manos, totalmente convencido de que la mancha espesa y carmesí que baña su camisa es la prueba irrefutable de una herida mortal. El gremio de los cobradores finalmente ha llegado a reclamar la deuda contraída.
—¡Toma las llaves del negocio, llévate la camioneta de carga! —grita Bernardo con la voz quebrada por el pánico, arrastrándose de espaldas sobre la grava del suelo—. ¡Acepto que falté a la palabra empeñada! ¡Perdóname la vida!
La sombra avanza con pesadas botas industriales que hacen retumbar el suelo de concreto. El individuo alza el objeto de metal y pronuncia la sentencia con un bramido cavernoso:
—Te encontré, infeliz. De aquí no te vas sin entregar lo prometido.
Un paso atrás en la secuencia de acontecimientos. Bernardo corre frenético y descalzo por el callejón de las Jacarandas, esquivando lo que su mente desquiciada percibe como una ráfaga de proyectiles trazadores lanzados por mercenarios; en realidad, solo son chispas doradas producidas por la cortadora de un cerrajero trabajando en la banqueta. La sustancia roja que empapa su pecho no es flujo sanguíneo de una herida de navaja, sino el contenido completo de una charola con chicharrón en salsa roja que volcó sobre su cuerpo al tropezar torpemente contra un bote de basura. Los vecinos observan desconcertados cómo el hombre realiza aparatosos giros tácticos sobre el toldo de un vocho azul, totalmente seguro de que una red internacional de cazadores de recompensas le sigue los pasos para efectuar una venganza.
Dando otro salto hacia atrás en los hechos. Bernardo permanece inmóvil frente al marco de su puerta de lámina, sosteniendo con dedos temblorosos un papel arrugado que alguien deslizó por la rendija inferior. La nota, escrita con plumón rojo de trazo grueso, dicta: “Llegó el turno del cobro. Sal o tiro la puerta”. La mente alterada de Bernardo transforma la figura de un conocido del barrio en un líder del crimen organizado enviado para ejecutar un castigo sumario. Cegado por el terror, atranca la entrada principal con el palo de un trapeador roto, seguro de que el silbato lejano de un cartero es la señal codificada para iniciar el asalto a su domicilio.
En la raíz original de toda esta paranoia, sobre el suelo de tierra del patio escolar de la secundaria número 42, dos compañeros de clase firman un pacto desesperado. Bernardo, acorralado ante la inminente reprobación del curso de matemáticas, le suplica a su compañero Toño que le permita copiar las respuestas del examen final. Para convencerlo, Bernardo alza la mano derecha y promete entregar su objeto personal más valioso a cambio de la salvación académica.
Esa valiosa posesión no es un amuleto místico, ni una joya familiar, ni la dignidad humana. Se trata de una simple bomba manual de aire para inflar llantas de bicicleta, con manguera de goma y cuerpo pintado de rojo, que Bernardo le había pedido prestada a Toño durante un recreo y que jamás se molestó en devolver. El supuesto verdugo del almacén solo busca recuperar su vieja herramienta de plástico y metal para inflar las ruedas del triciclo de su hijo.
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