El devorador de luz
La lanza de hierro celestial me atravesó el costado derecho, derramando mi linfa luminosa sobre el musgo verde que alimentó a la montaña durante eras. Me arrastré en silencio entre la penumbra de las estalactitas, conteniendo el rugido para no revelar la cámara donde laten los últimos tres núcleos del bosque. Mis escamas de jade, aquellas que los cantores del reino llaman la coraza del demonio, temblaban por el veneno que la hoja traía consigo.
El rastro de sangre fluorescente marcaba el suelo de piedra con una precisión casi sagrada, invocando mi sed de gloria. Avancé con la gran espada envuelta en fuego sagrado, pateando los restos de la mampostería ancestral con el desprecio que merece una bestia indigna de respirar bajo el sol. Las crónicas del imperio inscribirían mi nombre con letras doradas cuando exhibiera la cabeza de la gargantilla en la plaza central, liberando a la humanidad de esta plaga.
El calor del fuego humano achicharra las raíces milenarias que sostienen la cúpula, haciendo crujir el techo sobre mi cabeza mientras abrazo los núcleos contra mi pecho expuesto. Escucho sus pasos retumbar con la crueldad del metal calzado; el tipo de acero creado no para defender, sino para erradicar lo que la ignorancia no comprende. Jamás devoré sus poblados, sólo filtré sus pozos para que no murieran de sed, pero para la codicia del hombre, la inmensidad de mi figura es un insulto que debe ser borrado.
Destrocé con el filo incandescente los velos de seda vegetal que bloqueaban el pasaje, riendo ante la fútil defensa de la criatura. Traje conmigo diez frascos de aceite bendito y la autorización del alto consejo para limpiar este pozo de inmundicia; no habría piedad para la bestia que ahuyentaba a nuestros mineros con sus bramidos subterráneos. La gloria no conoce la compasión, y el metal de mi armadura resplandecía con la promesa de una victoria absoluta.
Siento el aliento a azufre y ceniza antes de verlo romper la última cortina de hiedra; sus ojos arden con una vacuidad voraz, un hueco en el alma que ninguna corona llenará. Con la poca fuerza que me queda, transfiero la vitalidad de mis arterias hacia la piedra, asegurando que la tierra siga floreciendo aunque mi cuerpo sea reducido a escombros. Mis garras no se afilan para destrozar, sino para excavar la vía que ponga a salvo los gérmenes de la cuna natural.
La encontré acorralada, una masa colosal de serpiente y plumas de obsidiana que se retorcía patéticamente sobre un lecho de gemas encendidas. Alcé la espada con ambas manos, disfrutando el terror reflejado en las pupilas doradas de la abominación, sintiéndome el brazo ejecutor del destino divino. Mi filo descendió en un arco perfecto hacia su cuello desprotegido, buscando la gloria eterna en el golpe final.
En lugar de esquivar el acero, expuse mi garganta para sellar la trampa y liberar la última marea de magia telúrica retenida en mi esternón. El golpe atravesó mi carne, pero el torrente de energía pura que brotó de mi herida no fue sangre, sino una onda de transmutación viva que envolvió el cuerpo del cazador. Mis ojos se cerraron mientras veía sus extremidades de hierro transformarse en raíces rígidas, fijándolo para siempre como un pilar inerte dentro de mi tumba verde.
El dolor no vino de una herida, sino del helado brote vegetal que congeló la sangre en mis venas mientras la criatura me miraba con una piedad devastadora. Mi armadura se convirtió en corteza de roble, mi espada en una rama seca, y mi voz se ahogó bajo capas de musgo que sellaron mi boca antes de que pudiera gritar por auxilio. Atrapado en mi propia victoria, comprendí en mi penúltimo estertor que la criatura jamás defendió su vida, sino que me utilizó como el abono necesario para fertilizar su jardín sagrado.
Mi respiración cesó suavemente en la penumbra dorada, liberando las esporas de la renovación a través del cuerpo inerte del paladín transmutado. Las tres semillas rodaron hacia la luz del exterior, germinando al contacto con la brisa de la noche, mientras la verdadera leyenda nacía bajo la montaña: el día en que la supuesta amenaza salvó al mundo de su verdadero exterminador.
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