HerJos

El guardián de la cañada

📅 2026-09-12 | 🏷️ Cuento reflexivo/humano

Machete en mano y la antorcha levantada, corrí entre los zarzales ignorando las espinas que me desgarraban los brazos. La criatura de la leyenda estaba acorralada en el fondo del barranco, el mismo ser que los ancianos llamaban el Devorador de Huesos. Mi pueblo llevaba generaciones temblando ante los aullidos que bajaban de la sierra, pero esta noche yo terminaría con la pesadilla; aplastaría al monstruo antes de que devorara a otro inocente.

Aboné la herida del venado con resina tibia de copal, susurrando el viejo canto para calmar su temblor. Mi piel de escamas doradas y musgo vibró al escuchar el crujir de las ramas secas en la cresta de la cueva. Ellos me llamaban bestia, ignorando que cada rugido mío era un llanto por la vegetación arrancada y la tierra desgarrada por sus arados. Sentí el olor a carbón y humo, ese aroma acre que siempre anuncia la llegada de los hombres con hierro en las manos.

El humo de mi antorcha comenzó a espantar la mística neblina que tapaba la entrada de la caverna sagrada. La vegetación era extraña aquí, excesivamente verde, podrida según mi juicio, un nido de brujería que debía ser purificado con llamas. Escuché un gemido ahogado dentro de la penumbra y apreté el mango de mi arma con ardor heroico, imaginando los vítores de la plaza y mi nombre grabado en las historias como el salvador de la provincia.

Empujé al pequeño venado hacia la fisura más profunda de las rocas para protegerlo del calor que avanzaba. El aliento me faltaba; el fuego destruía los brezos milenarios que mantenían el agua limpia en los ríos del valle. Durante siglos cuidé los manantiales y acuné a las bestias moribundas, sacrificando mi propia carne para hacer florecer la montaña, pero para ellos mi estatura descomunal y mis ojos incandescentes solo podían significar maldad. Escuché los pasos pesados de botas con clavos aplastando las flores sagradas.

Irrumpí en el recinto interior blandiendo el acero, al tiempo que las llamas alcanzaban las raíces del gran ahuehuete central. Ahí estaba el engendro: una mole gigante cubierta de púas, cuernos curvos y garras enormes retorcidas. Estaba agazapada, enseñando los dientes en una mueca informe que solo pude interpretar como ferocidad hambrienta. Sin dudarlo, lancé la tea encendida directo a la base de su guarida para desorientarla y me arrojé con el filo en alto.

El calor chispeante me quemó el lomo mientras me encogía para proteger la grieta donde se ocultaba la cría indefensa. Cubrí mi cara con los brazos, mostrando involuntariamente mis garras como un escudo inútil ante la hoja brillante del agresor. Vi en sus ojos no a un protector de su gente, sino la rabia ciega de quien destruye lo que no comprende; su rostro estaba desencajado por el odio, cegado por la codicia de colgar mi cabeza en la entrada de su templo.

Clavé la hoja metálica con fuerza desmedida en el hombro del ser, esperando escuchar el rugido de una fiera sangrienta. En su lugar, de la herida brotó una savia dorada con aroma a flores frescas y la mole soltó un alarido agudo, infantil, cargado de un terror tan humano que me congeló las entrañas. Fue entonces cuando la llama iluminó el rincón: detrás de la criatura no había restos humanos ni víctimas devoradas, sino un refugio de animales heridos que sanaban bajo su manto vegetal.

Mi sangre dorada empapó la piedra madre mientras la cueva comenzaba a colapsar bajo el fuego incontrolable del cazador. Lo miré fijamente, no con ira, sino con una piedad profunda por su especie destructora. Al desplomarse el techo de raíces, el cauce subterráneo se secó para siempre; el valle entero conocería la verdadera devastación, no por la presencia del protector que velaba el monte, sino por la mano del hombre que apagó su corazón.

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