HerJos

El robo de la penumbra

📅 2026-09-13 | 🏷️ Cuento reflexivo/humano

Apuras el aliento mientras sostienes la linterna encendida frente a tus pies, ahogando un grito de puro terror. No hay nada. Una blancura uniforme y cegadora cubre el piso de duela. Tu hermana se encuentra en el rincón del cuarto, abrazando sus rodillas con un temblor incontrolable, pero sus ojos desorbitados ya no miran la pared ni tus zapatos. Te mira a ti, o mejor dicho, mira a través de ti, perforando la brecha física hasta fijar su atención en quien sostiene este relato. La verdad te golpea la cabeza como un martillazo helado: la oscuridad que solía anclarlos al suelo, ese contorno negro que siempre atestiguó que eran seres reales y tangibles, no fue destruida por un fenómeno cósmico. Se la están robando. Quien está leyendo estas palabras en este preciso instante es el parásito que devora sus siluetas para transformar ese pigmento robado en la tipografía que aparece en la pantalla.

Retrocedes apenas una hora en el drama de tu departamento en la colonia Roma. El foco del pasillo parpadea violentamente, arrojando destellos estridentes contra los muros. Te arrastras por el suelo buscando desesperadamente cualquier ángulo donde tu cuerpo logre bloquear la luz. Nada ocurre. Tus piernas parecen atravesadas por un resplandor fantasmal. Tu hermana hiperventila pegada al marco de la puerta, intentando clavar sus uñas en el yeso para no disolverse. Te acercas para sujetarla del hombro, pero al tocar su piel notas algo horrible: su peso corporal se está reduciendo a nada; se siente ligera como una hoja seca, frágil como si la falta de su contorno oscuro la estuviera despojando de masa muscular y densidad ósea. Sin ese perfil azabache pegado a las suelas de los zapatos, la existencia misma se vuelve un dibujo borrado con prisa. Colocas la potente lámpara de mano al ras del suelo, forzando un contraste imposible. El haz lumínico atraviesa tus tobillos sin proyectar la menor penumbra.

Un par de horas atrás, te encontrabas en medio de la muchedumbre en la explanada del Zócalo capitalino. El sol caía perpendicular, seco y brutal, sobre el concreto desierto de nubes. A tu alrededor, miles de personas corrían en círculos, sollozando, tropezando y arrojándose al piso en una mezcla insostenible de histeria y duelo. Nadie miraba al horizonte; todas las miradas apuntaban desquiciadas hacia las baldosas ardientes. Viste a un hombre mayor de rodillas, frotando la piedra con las palmas ensangrentadas, tratando de despegar del piso algún trazo de negrura que le devolviera la cordura. Viste a parejas tomadas de la mano, aterrorizadas al descubrir que el sol atravesaba el espacio entre sus cuerpos sin marcar el suelo. Lo que siempre fue la pertenencia más cotidiana e invisible —esa fiel mancha que pisamos sin pensar— se había vuelto la pérdida más vital del mundo. Sin ella, la multitud comenzaba a levitar levemente con cada zancada, perdiendo el agarre terrenal, como globos a los que les hubieran cortado la plomada.

Aún más atrás, en la tranquilidad aparente de la mañana, estabas frente al espejo de tu baño terminando de abrocharte los botones de la camisa. Abriste la llave del agua, te inclinaste sobre el lavabo y, al ahuecar las manos bajo el chorro, percibiste la primera anomalía: el haz de la bombilla sobre tu cabeza no generaba la penumbra natural bajo tus nudillos. La luz iluminaba el fondo de la porcelana como si tus manos fueran transparentes. Te erizaste. Intentaste mover los brazos en distintas direcciones, pero el contorno oscuro que te acompañó desde el día en que naciste había desaparecido por completo. Fue en ese preciso instante cuando alguien, del otro lado de esta realidad, abrió este texto. La negrura que te faltaba fue extraída para trazar la primera letra de esta lectura. Cada renglón que avanzas consume un pedazo más de su existencia. Intentas detener tu lectura ahora mismo para salvarlos, pero la curiosidad te domina y tus ojos siguen devorando la tinta, convirtiéndote en el verdadero verdugo de su mundo.

Publicidad

← Volver al inicio