HerJos

La gravedad de lo oscuro

📅 2026-09-14 | 🏷️ Relatos

Mateo clavó un taladro industrial directamente en el azulejo del piso, atravesando la punta de sus botas para mantener los pies pegados a la superficie. Sangraba, claro, pero el dolor era una menudencia comparado con la tragedia: la mancha oscura que solía seguirlo a todas partes, esa silueta obediente proyectada bajo sus talones, había desaparecido por completo. El narrador —o sea yo, su humilde y desalmado guía— debo advertirte que Mateo se ve patético chillando en medio del laboratorio, pero es entendible cuando sientes que la gravedad te odia. Sin esa masa oscura sujetándolo al suelo, sus tobillos flotaban un centímetro sobre el concreto.

Al mismo tiempo, a tres kilómetros de distancia, Sofía se aferraba al pasamanos metálico del vagón subterráneo mientras el resto de los pasajeros comenzaba a despegarse del suelo como globos defectuosos. Nadie prestaba atención a las alarmas ni a las sacudidas del tren; todos miraban horrorizados hacia el suelo reflectante donde sus siluetas negras acababan de esfumarse sin dejar rastro. Estimado lector, tómate un descanso de tu cómoda rutina para apreciar la escena: señores en traje flotando contra el techo del vagón, pataleando en el aire como escarabajos patas arriba, rogando por recuperar esa mancha cotidiana que jamás valoraron.

Mateo ajustó la potencia de los reflectores halógenos pensando, con esa ingenua prepotencia típica de los científicos de pacotilla, que una luz más potente obligaría a su silueta a regresar. Craso error. Al iluminar las esquinas de su encierro, descubrió que el contorno oscuro no había huido hacia la penumbra, sino que se filtraba verticalmente por las grietas del techo, estirándose como una sustancia viscosa hacia una grieta invisible en el espacio. Y aquí es donde entro yo para decirte algo que no te va a gustar: esa silueta no se evaporó por una falla en la física del universo, sino porque alguien la estaba succionando desde afuera.

En el vagón, Sofía presenció cómo la ausencia de su silueta comenzaba a despellejar la realidad. Sin esa ancla en el suelo, la luz de las lámparas del tren atravesaba los cuerpos de la gente, volviéndolos transparentes, fantasmales, casi líquidos. Ella apretó los dientes, sintiendo cómo la firmeza de sus tobillos se desvanecía. La masa oscura de cada pasajero se condensaba en el aire formando hilos negros, delgados y precisos, que cruzaban la chapa del techo con rumbo desconocido. Todo esto ocurre en este mismo instante, querido lector; mientras tú sigues masticando tu botana o acomodándote en el sillón, sin sospechar el verdadero origen de este estropicio.

Mateo chilló de desesperación cuando el taladro cedió y el metal se dobló como papel, liberando sus pies mutilados hacia arriba. Flotó hasta golpear el techo del laboratorio, arañando la lámpara central mientras veía cómo sus propios recuerdos corporales se drenaban a través de esos hilos negros. Mi estimado espectador de esta tragedia, supongo que ya te habrás dado cuenta de la textura de lo que estás consumiendo. Mira bien las letras sobre la pantalla que sostienes. ¿De qué crees que está hecha la sustancia oscura que forma cada palabra de este relato? Exacto. No es pigmento ni tinta digital.

El vagón de Sofía colapsó cuando la masa de los cuerpos desmaterializados rompió las ventanas, expulsando a docenas de personas translúcidas hacia la oscuridad del túnel. Sofía, con las uñas encajadas en la lámina del pasamanos, vio cómo el último hilo de su propia silueta se estiraba, atravesaba la estructura del tren y salía disparado hacia arriba, directo hacia tus ojos. Sí, hacia ti. Cada frase que devoras con avidez necesita material denso para existir en tu mente, y la oscuridad de Mateo y Sofía fue el precio para componer estos párrafos que lees tan campante.

Ahora Mateo y Sofía son solo susurros transparentes flotando en el vacío, despojados de su peso porque tú te comiste sus siluetas letra por letra. Pero este banquete no es gratis, mi querido compinche. Mientras celebras el giro dramático de esta historia, te sugiero con la mayor de las cordialidades que desvíes la mirada hacia tus propios pies. ¿Sientes ese ligero cosquilleo en los talones? ¿Esa sensación de leve ingravidez? Revisa el suelo ahora mismo. Tu propia mancha oscura ya no está debajo de ti. Se ha despegado por completo y corre por el borde de esta pantalla para escribir la última palabra de este cuento. Gracias por tu contribución.

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