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La luz de los verdugos

📅 2026-09-14 | 🏷️ Historias

El acero bendito atraviesa tu tercer corazón. Sientes cómo la linfa luminosa borbotea entre tus mandíbulas mientras tu vientre de quitina se sacude agónicamente contra las losas frías del altar. Arriba de ti, el supuesto salvador de la comarca no muestra piedad en sus ojos; solo una codicia ciega y un deleite sádico. Él ajusta el agarre de su mandoble y sonríe mientras hunde la hoja más profundo, siseando oraciones que queman tus membranas auditivas. Tú no querías esto. Tus tentáculos articulados se agitan débilmente en el aire, pidiendo una clemencia que la humanidad jamás ha conocido. Sientes cómo la vislumbre de tus glándulas oculares se apaga, extinguiéndose bajo la bota de hierro que aplasta tu rostro.

Un paso atrás en la tragedia, te arrastras por el pasillo de piedra, dejando un rastro azul sobre el musgo. Tu agresor camina despacio detrás de ti, jugando contigo, silbando una melodía cruel que retumba en las cavernas. Intentas cubrirte con tus alas membranosa, pero él ya las ha mutilado, arrancando los cartílagos a tirones mientras te obligaba a escuchar el crujido de tu propia carne. Le envías pulsos telepáticos de angustia, proyectando visiones de tus crías asustadas, rogándole que no entre a la cámara nupcial. Pero el engendro de dos piernas solo interpreta tus chillidos como una amenaza demoníaca. Con un hachazo preciso, él cercena dos de tus extremidades posteriores, disfrutando la forma en que tu cuerpo se retuerce de dolor.

Previo a que mutilara tus extremidades, intentaste defenderte. Alzaste tus garras para derribar las antorchas y sumergir el recinto en la absoluta penumbra, donde creíste estar a salvo. Proyectaste sombras gigantescas sobre las paredes de roca para asustarlo, esperando que el invasor huyera hacia el bosque. Sin embargo, el cazador no sintió pavor. Lanzó aceite hirviendo hacia la cuna de tus pequeños. Escuchaste el chillido agónico de tus larvas al consumirse en el fuego. El olor a carne chamuscada inundó el recinto mientras intentabas apagar las llamas con tu propio cuerpo, sufriendo quemaduras brutales en tu abdomen traslúcido mientras el cazador reía con frenesí.

Más atrás en el horror, el portón de tu santuario subterráneo cedía bajo golpes de maza. Tú estabas acurrucado en el fondo de la gruta, acunando entre tus filamentos a un venado herido que habías rescatado de la superficie. Tu especie no come carne; te alimentas de los minerales del subsuelo y del vapor de los géiseres. Tus enormes ojos rasgados y tu piel cubierta de púas solo eran una armadura para soportar la presión del abismo. Pero para la gente del pueblo, cualquier ser que no refleje su propio rostro es una aberración que debe ser erradicada. Escuchaste los remaches de hierro crujir y la madera ceder ante el odio implacable.

En el origen de la pesadilla, tú vivías en paz en la oscuridad más pura. Curabas a las criaturas del bosque que caían por las grietas y cantabas vibraciones armónicas que hacían florecer los hongos de las paredes. Hasta que la luz de las antorchas humanas quebró el refugio. En la entrada de la caverna, la silueta del guerrero se recortó contra el marco de la puerta. Portaba una armadura dorada y sostenía un símbolo religioso. No había justicia en su rostro, solo el deseo de llevar un trofeo a su pueblo para ser aclamado como héroe. Tú retrocediste aterrorizado, alzando tus múltiples manos para suplicar, comprendiendo la verdad absoluta y nefasta: el verdadero monstruo de esta historia porta espada, viste de luz y acaba de cruzar tu umbral.

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