HerJos

El eco de la lámina

📅 2026-09-15 | 🏷️ Historias

La luz azul del celular perfora la penumbra de la habitación. El aparato vibra contra la madera con un zumbido gutural. «La lámpara de araña sobre tu cabeza romperá sus cadenas. Muévete a la derecha.» Me arrojo hacia la alfombra rasposa sin pensarlo. Un estruendo seco retumba en el techo; el metal y los cristales pulverizados golpean exactamente la silla donde estaba sentado. El polvo fino me llena las fosas nasales. Nadie más tiene este número. Nadie sabe que regresé a la ciudad tras la fuga del nosocomio.

Elena siempre me decía que me inventaba amenazas para sentirme vivo. En el pasillo de aquel hospital de paredes desgastadas, el olor a cloroformo me quemaba la garganta. «Estás a salvo, Mateo», me mentía ella con esa voz tibia, mientras en el espejo del baño yo veía cómo mi rostro perdía el contorno, deformándose como cera caliente. Pero Elena jamás existió. Elena fue la enfermera que me robó la billetera en la terminal de autobuses… o tal vez era el nombre de la perra que abandoné en el campo durante mi infancia. Mi mente cambia las piezas del rompecabezas a su antojo.

Salgo corriendo hacia la banqueta mojadita del Centro Histórico. El aire frío me golpea el pecho. El vibrador del teléfono vuelve a chillar dentro de mi bolsa. Pantalla encendida. Un mensaje de origen desconocido: «Un perro sin dueño cruzará la avenida y provocará que la camioneta de carga pierda los frenos. Entra a la zapatería de la esquina.»

Acelero el paso. Mis pulmones arden como si hubiera tragado esquirlas de vidrio. Doy un portazo al entrar al negocio de calzado. A través del aparador, veo la camioneta blanca derrapar con un chillido ensordecedor sobre el pavimento húmedo, destrozando por completo el puesto de tamales donde me había detenido a respirar. La vendedora grita horrorizada. Los vidrios rotos vuelan en todas direcciones. Yo sonrío. Tengo la boca llena de un sabor metálico, como si estuviera masticando monedas viejas, aunque juraría que mis encías no están sangrando.

Recuerdo otra escena lejana. Un amanecer sin sol en un puente peatonal sobre el periférico. El cielo mostraba un tono violeta, parecido a un moretón infectado. Ahí encontré el primer papel doblado en el bolsillo de mi chaqueta. Decía que el aire olería a cable quemado antes de la caída. Jamás hubo un incendio esa vez. Solo recuerdo el vacío, el impacto contra el metal y la voz de mi madre asegurando que caí del alto piso cuando apenas gateaba. Por eso decía ella que mi cabeza quedó llena de grietas invisibles. Pero esas grietas no están defectuosas. Escuchan cosas. Me dictan los acontecimientos antes de que la realidad los dibuje.

El teléfono vuelve a convulsionar en mi palma. Una luz casi cegadora ilumina mis nudillos. «El hombre con la gabardina oscura que camina detrás de ti sacará una navaja al dar la vuelta en la callejuela. No intentes correr.»

Giro lentamente la cabeza. Un tipo alto, con el rostro oculto tras el cuello elevado de su abrigo, avanza a paso firme entre las luces de neón del callejón. Su mano derecha está hundida en la bolsa.

Me detengo en seco. Observo mis manos temblorosas. La gran mentira que me repetí durante tantos años se disuelve por completo: no hay un perseguidor siniestro jugando conmigo desde las sombras, ni soy la víctima inocente de una maldición ajena. Yo mismo soy el origen de esta sintonía. Mi mente no está descompuesta; simplemente habita un plano donde las tragedias se anuncian antes de florecer. La culpa y la paranoia que me carcomían el pecho desaparecen, reemplazadas por una calma absoluta, casi mística.

Acepto por fin el desorden de mi cabeza. No me importa quién escribe las alertas, ni si las catástrofes me persiguen o si yo las convoco con mi sola presencia. El enigma exterior queda intacto, flotando en el aire pesado de la noche, pero mi tormento interno se ha extinguido.

Doy un paso hacia la penumbra del callejón. El hombre de la gabardina acelera el ritmo. El teléfono vibra una vez más en mi mano. No miro la pantalla. Camino hacia el filo con la sonrisa tranquila de quien por fin ha encontrado su lugar en el caos.

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