El precio de la carne divina
El suelo de basalto se desmoronaba bajo los picos de Mateo con el sonido crujiente de un hueso roto, mientras él brincaba entre las columnas flotantes del foso de brea. Querido lector, si crees que arriesgar el pellejo por un artefacto que promete invulnerabilidad biológica es una idiotez, tienes toda la razón, pero nuestro audaz aventurero jamás se caracterizó por su brillante coeficiente intelectual. Con las botas ardiendo en ácido violeta y el aliento apestando a azufre, estiró los dedos hacia la Orbe de Titanio que flotaba al centro de la cámara subterránea, ignorando que los dientes de piedra en el techo bajaban a velocidad suicida.
Ochenta metros más arriba, en la terraza del dirigible, Lucía encañonaba la garganta del Comerciante con su carabina de pulso electromagnético, sintiendo las vibraciones de la montaña sagrada retumbar bajo sus suelas. Tú probablemente habrías pedido un recibo antes de firmar un trato con un sujeto que tiene tres ojos y huele a ozono quemado, pero ella prefirió confiar en la promesa de riquezas infinitas. El anciano alienígena sonrió, mostrando una hilera de colmillos de cobalto, mientras accionaba una palanca de obsidiana que bloqueó de golpe todas las salidas de la catacumba.
Mateo esquivó por un pelo una lanza de cristal que brotó del muro, realizando una pirueta acrobática que casi le descuartiza la cadera izquierda. La Orbe vibraba con un tono hipnótico, desplegando destellos de plasma que curaban instantáneamente las quemaduras de sus brazos, una muestra gratis de la oferta irresistible que lo había arrastrado a esta tumba volcánica. Extendió la mano abierta, rozando la superficie entrelazada del artefacto, sintiendo cómo una corriente de energía pura le reconstruía los músculos y le devolvía la vista perfecta que había perdido en las guerras del norte.
«El núcleo no cobra en oro, muchacha», masticó el Comerciante, dejando caer su túnica para revelar que su pecho era un engranaje vivo alimentado por la cordura de otros aventureros desperdigados por el planeta. Sí, exacto, ahí estaba la trampa que cualquier persona con dos dedos de frente habría previsto, pero ya sabes cómo son estos protagónicos impulsivos. Lucía apretó el gatillo, pero el disparo de plasma fue absorbido por una barrera invisible que comenzó a drenar los recuerdos de su infancia, secando su mente como una fruta al sol.
Un rugido épico brotó de la garganta de Mateo cuando encajó la Orbe en su pecho; su cuerpo se convirtió en un faro de luz indestructible capaz de pulverizar montañas con un solo puñetazo. Las paredes de la cámara terminaron de colapsar, aplastando las estructuras a su alrededor, pero el golpe de miles de toneladas de roca rebotó contra su pellejo reforzado como si fuera simple polvo de caliza. Se sintió un dios caminante, invulnerable a la muerte física, listo para salir a conquistar el imperio y salvar a su compañera.
Mientras las compuertas del templo se sellaban para siempre y el dirigible comenzaba a desplomarse hacia el abismo de gas metano, Lucía sintió cómo el último lazo afectivo con Mateo se evaporaba de su cerebro, sustituido por una apatía fría y cristalina. El Comerciante reía con ganas, recogiendo la tarifa cobrada: la capacidad de amar y empatizar de la chica, el costo oculto por convertir a su socio en un titán indestructible. Ella contempló sus manos temblorosas, desprovista de miedo, de rabia o de cualquier atisbo de devoción por el hombre que abajo celebraba su victoria.
Mateo emergió de los escombros de un solo salto descomunal, rompiendo la cima del volcán como un cometa inverso, bañado en resplandor dorado. Frente a él, los devoradores de mundos —bestias de pesadilla con fauces de obsidiana que habían despertado al destruirse el templo— rodeaban los restos de la aeronave destrozada. Supo internamente que la invulnerabilidad física carecía de sentido si perdía su propósito moral, y en ese instante de claridad absoluta, aceptó su destino: su alma estaba rota, pero su determinación era infinita.
Lucía caminó lentamente entre las llamas del dirigible accidentado, mirando con una serenidad aterradora cómo la horda monstruosa avanzaba hacia ellos desde el horizonte de niebla ácida. El Comerciante escapaba en su cápsula personal, dejándolos a merced de la masacre inminente que arrasaría con todo el continente. Mateo aterrizó a su lado, vibrando con poder divino, listo para enfrentarse a millones de bestias celestiales, pero al mirarla a los ojos comprendió que la mujer que amaba ya no habitaba en ese cuerpo; la batalla final por el planeta apenas comenzaba, y aunque no tenían forma de escapar del apocalipsis exterior, Mateo sonrió en paz consigo mismo, libre al fin del pavor a la muerte.
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