HerJos

Parasitosis de cincuenta pesos

📅 2026-09-17 | 🏷️ Realismo

Rodrigo yace sobre los azulejos fríos del sanitario, empapado en su propia sangre viscosa y aullando como un animal destripado en el matadero. Tiene una pinza de presión sujeta con fuerza destructiva al cartílago de su oreja izquierda. El dolor es un destello puro que le nubla la visión, pero él insiste en apretar. Un charco espeso y escarlata tiñe la cerámica blanca mientras intenta mutilarse el lateral del cráneo para extirpar a la entidad vibrante que cree que le está carcomiendo el encéfalo.

¿Qué escena tan macabra, verdad? Apuesto a que estabas esperando un ritual satánico, una maldición ancestral o una larva espacial devoradora de carne. Siento arruinar tu morbo, estimado lector que nos acompaña desde la comodidad de su pantalla, pero la estupidez humana es mil veces más aterradora y sanguinaria. Observa cómo el imbécil aprieta el metal contra su carne viva, convencido de que salvará su alma. Hermoso. Pero para entender este baño de sangre, debemos desandar el camino de su tontería.

Un poco antes de la carnicería en el sanitario, el ambiente en el pequeño departamento huele a sudor agrio, óxido de hierro y pánico psiquiátrico. Rodrigo corre en círculos como rata acorralada, blandiendo un cuchillo de cocina meloso de sangre. La bombilla del techo parpadea salvajemente porque él mismo destrozó la caja de fusibles a martillazos, convencido de que la red eléctrica de la colonia alimentaba a la bestia biomecánica que retumbaba dentro de su oído.

—¡Déjame en paz! ¡Sé que quieres apoderarte de mi mente! —brama hacia las paredes agrietadas, mientras un chorro espeso le resbala por el cuello, manchando la camiseta rota.

Ha destrozado los espejos a puñetazos, seguro de que la criatura lo acechaba desde las sombras del reflejo. El terror psicológico es una maravilla: cuando la mente de un ignorante no logra procesar una sensación dolorosa, prefiere inventarse un demonio interdimensional antes que usar la lógica. Rodrigo no es la excepción. Su paranoia convirtió un zumbido metálico e indetenible en una cacería infernal por su propia supervivencia.

Retrocedamos todavía más, hacia la génesis de esta tragedia grotesca, cuando la noche apenas comenzaba y Rodrigo aún conservaba la oreja intacta y la poca dignidad que le quedaba.

Mírenlo ahí. Contemplen al espécimen en su hábitat natural, sentado en un sillón mugroso. Observa con orgullo un empaque de plástico barato que acaba de abrir. Un par de audífonos inalámbricos de color blanco chafa, comprados por cincuenta pesos a un tipo con cara de pocos amigos afuera de la estación del metro Pantitlán. La cúspide de la tecnología pirata.

El vecino del piso de arriba acababa de poner su música a todo volumen, así que nuestro héroe, incapaz de soportar el ruido, empujó la almohadilla de silicón rígido con excesiva fuerza dentro de su conducto auditivo. Hizo una presión tan brutal que creó un vacío neumático directo contra el tímpano.

Al presionar el botón de encendido, la porquería electrónica sufrió un cortocircuito instantáneo. La diminuta batería defectuosa comenzó a calentarse, inflamando el canal de la oreja hasta atrapar el plástico dentro de la carne hinchada. Simultáneamente, el altavoz interno quedó trabado en un bucle infinito a máximo volumen: una voz sintética e incomprensible emitiendo un chirrido agudo combinado con un grave estruendo que retumbaba en sus huesos.

Sin poder sacarlo, con el oído cerrado por la inflamación y la vibración friéndole los nervios, el pánico hizo el resto. La gran criatura ancestral que casi lo lleva a la automutilación no era más que chatarra de cincuenta pesos incrustada en su propia ignorancia.

Publicidad

← Volver al inicio