HerJos

La última luz sobre la chinampa

📅 2026-09-20 | 🏷️ Fantasía

Tengo la hoja de obsidiana rozando la yugular del monstruo. El agua del canal, levantada por el violento impulso de mis botas, flota en el aire como una corona de cuentas de cristal que se niegan a caer. Todo se detuvo en cuanto mi acero tocó su piel. Un colibrí quedó atrapado a un costado de mi rostro, con las alas desplegadas en un abanico perfecto y rígido, congelado en medio de su movimiento. La humareda del copal que encendí para purificar la tierra yace estática, formando espirales de humo plateado que no se disuelven.

Miro a la alimaña a los ojos. Es una aborrecible quimera del inframundo, una aberración que infecta la cuenca sagrada. Sus tres pares de orbes dorados me observan con la destructiva furia de un demonio acorralado. De su hocico entreabierto brota un chillido agudo, un veneno sonoro que busca pudrirme los oídos, aunque ahora permanece atrapado en una burbuja de saliva suspendida. Sus garras oscuras y afiladas están extendidas hacia mi pecho, listas para desgarrarme el corazón.

Soy el elegido para salvar este valle. Desde el centro del lago hasta la sierra del Ajusco, la gente murmura sobre la sombra que habita en las chinampas olvidadas, la criatura que roba el aliento de las cosechas. Mi mano no tiembla. Aplico más fuerza sobre el mango de madera. La obsidiana, pulida con la sangre de mis ritos nocturnos, comienza a rasgar la capa superficial de sus escamas.

Pero hay algo extraño en la resistencia de su cuerpo. Al observar de cerca la herida que empiezo a abrir, no brota pus ni podredumbre negra. Brota un destello líquido, una linfa de color cempasúchil que desprende un aroma dulce, idéntico al de la tierra mojada tras la primera lluvia de mayo.

Ajusto la mirada, cegado por el fervor de mi victoria. Las garras que me parecían tenazas destructivas no están buscando mi pecho; están curvadas hacia adentro, protegiendo con desesperación un pequeño bulto acurrucado en su vientre. Es un ajolote albino, diminuto y frágil, que respira despacio dentro de una esfera de agua estancada. Las escamas del supuesto demonio no son negras ni ponzoñosas; son plumas suaves de quetzal, erizadas no por malevolencia, sino por un terror puro y abrumador.

El chillido monstruoso que percibí no es un conjuro de muerte. Al quedar congelada la onda sonora, el eco en mis oídos se acomoda: es una melodía lúgubre, un canto suave que intenta calmar a la pequeña vida que sostiene. La alimaña no busca atacarme. Sus ojos dorados no reflejan ira, sino una piedad infinita hacia el verdadero engendro que tiene enfrente.

Miro mis propias manos suspendidas. La hoja de obsidiana que sostengo no brilla con luz divina; chorrea un alquitrán pestilente que marchita las flores de ahuejote a nuestro alrededor. Mi rostro, reflejado en una gota de agua inmóvil frente a mi nariz, no muestra las facciones de un guerrero sagrado, sino una máscara grotesca de odio, con venas negras brotándole de la piel y una boca torcida por la demencia. La criatura jamás atacó a nadie. Ella era el corazón latente del canal, la última guardiana del equilibrio, y yo he traído la ruina hasta su refugio.

El pulso del mundo sigue detenido, atrapado en este único parpadeo. Mi brazo está cargado con todo el impulso del golpe final, incapaz de retroceder por sí solo. Sé lo que ocurrirá cuando la gota de agua toque la superficie del canal y la inmovilidad se rompa. La obsidiana descenderá inevitablemente.

Entonces, en la absoluta parálisis del aire, la hermosa criatura plumada mueve lentamente una sola pluma de su ala estática y me toca la frente. No para defenderse, sino para perdonar. Un resplandor dorado brota de su pecho y envuelve la hoja de mi arma. El alquitrán de mi filo se evapora, transformándolo en raíz y flor. La luz se expande como una ola de fuego sagrado que consume mi carne corrupta, convirtiéndome en una estatua de basalto, un guardián de piedra condenado a velar la cuna del valle mientras la chinampa florece en un estallido eterno de vida.

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