La física del anzuelo
La bala de cobre flota a tres milímetros de mi pómulo derecho, desprendiendo una espiral estática de humo denso que huele a azufre rancio. La pólvora se quedó atrapada en una explosión diminuta, un arbusto de fuego anaranjado rígido como el cristal. Frente a mí, el sujeto del gatillo tiene la boca abierta en un alarido mudo, con las cuerdas vocales tensas como cables de acero y una gota de sudor flotando entre su nariz y mi cara, resplandeciente como un rubí sin peso. Todo está inmóvil. El aire se volvió un bloque de resina transparente. Yo puedo pensar, puedo mover mis ojos, pero nada más gira, nada fluye. Te juro que yo no busqué esto; el tipo del traje desgastado me aseguró que era una ganga. «Inmunidad absoluta a cualquier impacto», me prometió con una sonrisa llena de dientes chuecos en aquel callejón de la colonia Roma. ¿Quién carajos rechaza semejante regalo cuando te están persiguiendo para cobrarte hasta los tuétanos?
Él dijo que el costo era simbólico, una bagatela. Dijo que solo necesitaba un hilo de atención ajena para sostener el milagro. Caí redondito. Pensé que el trato significaba ganar la lotería sin comprar boleto, salir ileso de los fiascos, ser intocable. Qué estupidez. La realidad es que no soy un héroe ni un tipo con suerte; soy un mentiroso profesional y te he estado engañando desde el renglón uno. La bala no iba para mí. La bala la disparé yo contra el espejo del baño tras volverme loco por las voces, pero el reflejo escupió el plomo de regreso. O tal vez no. Tal vez este sujeto enfrente es mi acreedor y la sangre que flota en el ambiente es la mía. Mi mente salta de una versión a otra porque la verdad duele demasiado y prefiero aderezar el relato. Sin embargo, hay un hecho innegable: la trampa del contrato no consistía en congelarme a mí, sino en encontrar al baboso que sostuviera la pausa.
Mira bien la bala. Observa la forma en que la luz atraviesa la pólvora incandescente. ¿Sientes ese ligero cosquilleo en la nuca? No es paranoia, carnal. Es la electricidad de tu propio cerebro trabajando a marchas forzadas. El contrato del tipo del traje exigía una mente activa, un par de ojos recorriendo línea tras línea para consumir la energía cinética del plomo. Mientras tus pupilas devoren estas letras, el proyectil permanece inmóvil. Cada palabra que procesas es un freno de mano ajustado a la física de esta habitación. Yo estoy a salvo únicamente porque tú no puedes despegar la mirada de este texto. La oferta era irresistible para mí, sí, pero el anzuelo real era para ti: la curiosidad insaciable de saber qué pasa al final. Te convertiste en el pilar que sostiene mi existencia en este plano helado.
Pero aquí viene la letra pequeña que ninguno de los dos leyó a tiempo. La energía cinética no se destruye, solo se transfiere. Con cada párrafo que has avanzado, el plomo suspendido ha absorbido la fuerza de tu atención, recalculando su trayectoria a través de la luz de tu pantalla. Aprietas los dientes, quieres dejar de leer, pero la tensión psicológica te tiene amarrado del cuello. La bala ya no apunta a mi mejilla. Lentamente, los átomos de metal se han reorientado hacia el frente, atravesando la barrera de la pantalla. En cuanto tus ojos alcancen el punto final de esta historia, la pausa se romperá de golpe, descargando todo el impacto acumulado no sobre mí, sino en el centro exacto de tus pupilas. Gracias por comprar mi condena.
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