El impostor del abismo
La cuerda de cáñamo rasgó las palmas de mis manos mientras el abismo mugía debajo de mí. Cincuenta metros abajo, el vapor sulfuroso de las Grietas de Zinc devoraba los árboles de hierro. Nora gritaba desde la saliente superior, pidiéndome que cortara el lastre, pero Nora llevaba tres jornadas sepultada bajo el alud del Cañón Gris. Le sonreí al vacío y clavé el piochén en la roca viva. Tenía que culminar la proeza. Debía colocar el Núcleo de Cobre en la cúspide, tal como las crónicas del Imperio afirmaban que lo hice en mis años de juventud.
Cierro los ojos y todavía escucho las trompetas de latón en la Plaza de los Caídos. El Gran Primado me colocó la insignia dorada en el tórax ante una multitud frenética. “El único superviviente de los Pilares de Fuego”, proclamó la voz imperial. Me mostraron el relieve de mármol donde mi figura alzaba la antorcha sobre las bestias calcinadas. Yo era el mártir victorioso. Las cicatrices en mi espalda eran la prueba irrefutable de mi heroísmo contra la plaga.
Ajusto el cinturón. Siento el peso denso del Núcleo en mi mochila. Un centinela de piedra despierta de la pared del acantilado y me arroja una lanza de basalto. Disparo mi trabuco tres veces. Sé que el plomo atravesó su corazón de magma porque vi brotar una lluvia de chispas violetas, aunque el aire solo devolvió el eco sordo de mi propia detonación y la pared permaneció inmóvil, limpia, intacta. Siempre he tenido una puntería impecable; las sombras simplemente no saben cómo caer adecuadamente.
En las celdas subterráneas de la capital, la piedra olía a vinagre y humedad. Recuerdo la voz del Primado susurrando tras las rejas: “Debes olvidar la celda, Valerio. Olvida el ruido del hacha. A partir de hoy, cruzaste el desfiladero y nos salvaste a todos”. ¿Por qué me dolían los tobillos por el peso de grilletes que jamás usé en mis días de gloria? Ignoré el pensamiento. El valor requiere espacio, no dudas.
Alcancé la plataforma superior, donde los vientos huracanados aullaban como jaurías hambrientas. El Altar de la Cumbre me esperaba, envuelto en una bruma helada. De acuerdo con los tomos oficiales, aquí fue donde encendí la pira que espantó a las hordas enemigas y selló la frontera norte. Sin embargo, al dar el último paso hacia el pedestal, el crujido de un esqueleto bajo mi bota interrumpió mi respiración.
Me arrodillé. El cadáver llevaba una armadura idéntica a la mía, devorada por la corrosión del óxido y el moho. En sus dedos rígidos apretaba un diario de cuero engrasado y un anillo con el sello de mi familia. Abrí las páginas amarillentas. La caligrafía era inconfundible: era mía. Las entradas no hablaban de un rescate heroico, sino de una carnicería cobarde. Describían cómo el verdadero Valerio masacró a sus propios hombres por la espalda para vender las puertas de la ciudad al mejor postor, antes de ser ejecutado en secreto por la guardia real en este mismo altar.
Miré mis manos. No había quemaduras de fuego. Había marcas de ácido, las mismas que reciben los prisioneros condenados a los laboratorios de borrado de memoria. La leyenda que me enseñaron a venerar, las hazañas que alimentaron mis músculos, eran una fábula implantada en el cerebro de un recluso cualquiera para tapar la vergüenza de un linaje maldito. Yo no era el héroe. Ni siquiera era el traidor. Solo era un recipiente sin nombre vestido con la armadura de un muerto.
Nora volvió a hablarme desde la bruma: “¿Vas a colocar el Núcleo o vas a dejar que el abismo devore el valle?”.
El altar crujió. Desde las profundidades de la grieta, los rugidos de las criaturas que se suponía yo había exterminado hacían temblar las rocas de la Cumbre. El ejército de sombras avanzaba hacia las ciudades indefensas del sur. El Núcleo de Cobre pesaba en mis manos, una llave capaz de cerrar la falla o desencadenar el colapso definitivo del continente.
Me eché a reír. Una risa limpia, desligada de la culpa y de la gloria impostada. Miré hacia los nubes negras que cubrían el horizonte y apreté los puños contra el viento feroz. Ya no importaba quién había redactado la mentira ni qué nombre estaba escrito en las tumbas. La montaña tembló bajo mis pies, el suelo se resquebrajó abriendo una boca de fuego y tinieblas, y dejé que el aire helado me envolviera mientras la cumbre comenzaba a ceder por completo.
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