La factura del cirujano
Hola, querido espectador. Observa detenidamente esta estampa de comedia negra: Mateo tiene el bisturí suspendido a milímetros de la arteria cerebral del hombre más poderoso del país. La sala de operaciones huele a antiséptico y a terror puro. La luz fluorescente parpadea, y en la esquina del quirófano, apartado de los monitores que chiflan en pánico, hay un sujeto con traje de terciopelo verde y dos agujeros negros en lugar de ojos. Nadie más en el equipo médico parece notarlo, excepto Mateo, cuya mandíbula tiembla tanto que parece castañuela. El tipo del traje extiende una mano de hueso pulido y exige el cobro. Promesa cumplida, deuda saldada: el talento completo de las manos de Mateo debe ser devuelto aquí y ahora, a mitad de la incisión. Si Mateo entrega sus dedos, el paciente muere y su carrera termina en la cárcel; si se niega, la criatura devorará su alma ahí mismo. ¡Qué bello embrollo!
Retrocedamos un tramo en esta cadena de malas decisiones, porque a ustedes los mortales les fascina entender cómo se mete la pata con tanto estilo. Dos horas antes, Mateo caminaba por el pasillo del hospital creyéndose un dios pagano. Llevaba una sonrisa pedante mientras masticaba un chicle de menta. La prensa lo aclamaba en la entrada; las noticias lo llamaban «el milagro de la medicina moderna». Recibió la llamada de la presidencia para salvar al gobernador y no lo dudó ni un pestañeo. Sin embargo, al abrir su casillero para cambiarse la filipina, encontró algo que le congeló la sangre: un gallo muerto envuelto en un papel escrito con carbón sobre piel seca. No necesitó descifrar las letras doradas para saber lo que significaba. El aroma a azufre sofocó el olor a menta. La victoria apestaba a factura vencida. Mateo ignoró la advertencia, se lavó las manos con furia y entró al quirófano convencido de que podía engañar a una entidad más vieja que la cordura.
Para comprender el origen de semejante estupidez, hay que ir hasta la noche lejana en la autopista a Toluca. Mateo era un estudiante mediocre tirado en una zanja, sangrando sobre la chatarra de su auto destrozado, con las rodillas rotas y la cabeza llena de fracaso. Los paramédicos ni siquiera salían de la estación cuando la criatura del terciopelo emergió del barro. Le ofreció un intercambio grotesco y simple: precisión absoluta, fama desmedida y dedos capaces de reparar cualquier encéfalo roto. ¿El costo? El día en que alcanzara la cima de su carrera, la criatura regresaría a reclamar el don otorgado, dejándolo inútil en el instante exacto del triunfo. Mateo, ebrio de desesperación y agonía, aceptó sin dudar. Creyó que ese momento jamás llegaría o que encontraría la forma de zafarse. Qué tierno. Los humanos siempre piensan que son más listos que las deudas que firman con sangre.
Volvamos al instante crítico de la cirugía. El ser de terciopelo avanza un paso. Mateo siente cómo el control de sus muñecas se disuelve, como si los nervios de sus brazos fueran convertidos en agua. El monitor del paciente emite un pitido agudo y constante. Aquí está la resolución de la tragedia, querido lector: Mateo finalmente comprende. La ambición que lo consumió toda la existencia era una trampa vacía, una prisión que él mismo construyó para huir de sus propios vacíos. Sonríe. El miedo desaparece de su pecho al aceptar su verdadera condición: no es un dios, solo un hombre imperfecto que prefirió la ilusión del éxito a la paz. Libera un suspiro profundo, afloja el agarre del bisturí y decide soltar el peso de su soberbia. El sujeto de terciopelo extiende las garras sobre su rostro, las alarmas retumban en el quirófano y los enfermeros gritan aterrados mientras Mateo, con la mente clara y libre de culpa por primera vez, cierra los ojos ante la penumbra. ¿Qué ocurrió con el gobernador? ¿Acaso Mateo sobrevivió a la noche? Eso, mi estimado curioso, queda flotando en el abismo de la duda.
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